Más allá de los memes habituales, este julio fue particularmente duro para nuestros compatriotas. Las intensas lluvias han significado pérdidas humanas y materiales, privadas y públicas. Cuando un temporal arrasa un barrio, los titulares se llenan de cifras: km/h del viento, mm de agua caída… Estas mediciones frías ocultan la verdadera raíz del desastre. No es la naturaleza, ni su caprichoso actuar, la que define la magnitud de la tragedia; es la sociedad, con sus grietas profundas, la que convierte un fenómeno hidrometeorológico en una catástrofe social.
Año tras año escuchamos a los mismos expertos y comunicadores escandalizados. El consenso es que la prevención es clave para evitar la catástrofe material y psicosocial resultante. Sin embargo, como los memes de julio, todas estas ideas y soluciones desaparecen (hasta la próxima catástrofe).
Prevenir no es solo dar alertas tempranas. Es, ante todo, un acto de justicia espacial y redistributiva. Las catástrofes no son democráticas: golpean con mayor fuerza a quienes viven en la ladera de un cerro, a metros de una playa o río, o en viviendas de material ligero. La vulnerabilidad no es un atributo de la geografía, sino un producto histórico de la segregación urbana, la especulación inmobiliaria y la ausencia crónica del Estado en los territorios periféricos.
El riesgo, por tanto, está socialmente distribuido. Mientras los barrios de clase alta cuentan con estudios de mecánica de suelo y seguros a todo evento, las poblaciones precarizadas enfrentan la amenaza cotidiana con la única arma que tienen: la solidaridad vecinal (o nacional).
Pero el daño no termina cuando bajan las aguas o cesa la lluvia y el viento. Todo lo contrario: allí emerge una segunda dimensión, muchas veces olvidada o invisibilizada: el impacto psicológico profundo y silencioso. La catástrofe irrumpe en la cotidianeidad no solo como derrumbe material, sino como un quiebre del entramado simbólico y emocional. El trauma no es un episodio agudo que sana con el tiempo; se cronifica en el desarraigo, en la pérdida de la foto familiar, en la escuela que ya no está, en los vecinos que no volverán, en el olor a humedad que gatilla ataques de pánico años después.
El estrés postraumático, la ansiedad anticipatoria y la depresión por la pérdida afectan desproporcionadamente a niños/as, personas mayores y mujeres, quienes suelen cargar con el doble peso de la reconstrucción material y del cuidado emocional de los demás. La prevención, entonces, debe incorporar la salud mental como pilar fundamental, como una condición de posibilidad para la resiliencia, que no es una virtud innata de quienes tienen menos, sino una respuesta desesperada ante la ausencia de protección estatal. Romantizar la solidaridad sin exigir políticas públicas es revictimizarlos por su propia desgracia.
Prevenir catástrofes "naturales" es, ante todo, prevenir la catástrofe social que las precede. Es entender que el riesgo se gesta en la inequidad y se perpetúa en el olvido.