• 21 de Octubre

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¿Quién podría imaginar que se podría decir tanto de tantas cosas en tan poco, en una novela en que el protagonista no se mueve de un hotel durante casi cuarenta años?

He aquí una novela extraordinaria. Si esta obra fuera una canción me obligaría a ponerme de pie en acto reflejo. Lo primero, es decir que aquí se encuentran los pasadizos por los cuales podemos ir verificando la resiliencia y el aguante de los que el ser humano es capaz.

Todo fluye. Se puede recorrer la historia y la política en tiempos crueles y convulsionados, recordar algo de lo mejor de las artes que la humanidad ha sido capaz de crear, disfrutar de la belleza de las cosas, del placer de los sentidos, constatar las grandes devociones y las lealtades a todo trance, los amores sublimes y por supuesto, degustar sesiones de literatura en exquisita divagación. Y casi sin movernos de un hotel.

Y ello sucede porque este protagonista, Aleksandr Rostov, conde refinado y erudito, es condenado a muerte por el comité de la revolución bolchevique, sentencia conmutada a última hora por la pena inaudita de pasar encerrado el resto de su vida en el hotel Metropol de Moscú, al lado del Kremlin. Y el salvavidas vino del mundo de la literatura: cierto poema escrito años antes durante la prerrevolución.

Hay afirmaciones rotundas para escudriñar, como que “con Chejov y Tolstoi, los rusos hemos colocado los sujeta libros de bronce a ambos extremos del estante de la narrativa”. Por el dominio del relato breve de uno y el alcance del otro. O que la esencia del espíritu navideño donde mejor se recoge es en la escena primera del primer acto de El Cascanueces de Chaikovski: Fui a verlo y escucharlo y ¡Así es!

Las lecciones que encierra lo transforman en un libro que enriquece, como la de tratar siempre de dominar las circunstancias para que ellas no te dominen a ti, que la señal más clara de la sabiduría es la alegría constante. Y cuando vayas avanzando en la vida, lo que combate mejor las nostalgias es recordar las historias simples y divertidas. Viene al caso mi recuerdo de aquel sencillo cocimiento de carne de vaquilla ahumada degustado de pie en un mesón del mercado de Dalcahue, un mediodía de invierno en que aún la helada no se levantaba. Por eso digo, ¡Gracias conde Rostov, por enseñar a ver el vaso siempre medio lleno!

La mala noticia ocurre al llegar a la página 509. Porque ¡aquí el libro se termina, maldita sea! Pero, como me acompañará como uno de los predilectos, será parte de aquel diez por ciento de las lecturas que hay que releer y repasar. Las cinco estrellas brillan en la calificación de este libro completo, enjundioso y conmovedor.