• 22 de Octubre

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Como lo hace García Márquez con el título de su Crónica de una Muerte Anunciada, John Williams cuenta en el principio, en el primer párrafo lo que ocurrirá con William Stoner y su vida. Y ,sin embargo, aquello no importa un ápice cuando uno comienza esta lectura fascinante.

Stoner, hijo único de campesinos, cuando era adolescente creía que su destino era seguir la huella de sus padres, cultivando la tierra mezquina, trabajando de sol a sol. Pero, el sueño de sus progenitores era ahorrar para que ese hijo único fuera a la universidad a estudiar Agronomía, se hiciera extensionista y naturalmente, volviera al campo con conocimientos nuevos.

Esa es la apuesta y el atribulado Stoner, cumpliendo el sueño paternal viaja muerto de miedo ante lo desconocido, temeroso de aquello que había más allá de los pocos kilómetros que había recorrido alguna vez.

Así llega a la Universidad con su único trajecito y su condición precaria. Y como los recursos no alcanzan, tiene que trabajar para mantenerse.

Las clases comienzan, le va bien con las materias, pero un ramo facultativo, el de literatura inglesa, que nada tenía que ver con la Agronomía le cambia la vida. Su mundo se abre y descubre que su vocación entra en colisión con lo que se supone debe hacer para cumplir el sueño familiar.

Y así va tomando decisiones. La Universidad lo atrae y las letras aún más. Stoner comprende con deslumbramiento que estaba en un refugio portentoso. No sólo era la oportunidad de saciar su sed de conocimiento. La Universidad era también un lugar para los débiles, un bastión para protegerlos del mundo.

Pero alguna vez comprenderá que él también era parte del mundo a pesar de todo, y sufrirá las consecuencias de aquello.

Stoner será profesor en el Departamento de Inglés. Conocerá el tedio y a la vez el placer de enseñar. Y formará una familia y conocerá el amor, ese que irrumpe en la vida como un temporal que no deja nada en su sitio.

Busqué la universidad aquella, en la que transcurre la novela. Está en Columbia en Misuri. Y sé de la Universidad pública que hoy alberga a más de 30.000 estudiantes. Es que al cerrar el libro, la conexión sigue con Stoner y su mundo.

Hay libros que enamoran por la trama. Pero hay otros que uno llega a amar por la experiencia que se vive al leerlos. Y esto es lo que me pasó con Stoner. Más allá de su enorme calidad literaria, mi conexión parte por el hecho de que yo también estudié Agronomía. Y también llegué a la Universidad muerto de susto al principio, oriundo del campo donde me había criado, con padres sacrificados al igual que los de Stoner. Y también exploré ramos facultativos de las ciencias sociales y soñé con la opción de cambiarme de carrera, de romper con las ciencias agrarias y sumergirme en la historia o en el lenguaje. Pero no lo hice. Y Stoner sí lo hizo. Y aquí estamos. El título de ingeniero agrónomo me dio una llave para abrir muchas puertas, que me han permitido vivir experiencias laborales gratificantes.

Pero volvamos a Stoner. No es que no pase nada en la novela. No se puede decir aquello cuando hay todo un universo a través de la vida de un hombre. Y uno que seguramente representa a millones. Por eso, esta novela se queda pegada en el alma.