Este relato es engañoso. Parece banal y aburrido, pero no lo es. En realidad, es original, enigmático y escudriñador a fondo de la soledad del ser humano, con personajes muy reales y bien presentados, que recuerdan a gente que uno perfectamente puede haberse topado por allí.
Han pasado más de 170 años desde que lo escribió Herman Melville, el escritor estadounidense más conocido por Moby Dick, su obra maestra. Y aquí está Bartleby, un tremendo personaje, muy fresco y vigente como si su creador lo hubiera parido hace muy poco desde su fecunda pluma. Bartleby el escribiente, pasa por la literatura como un personaje que nos conmueve, nos da pena, nos impacienta, nos hace perder la calma hasta enfermarnos de los nervios.
También la forma que adopta la historia nos hace sentir cierta empatía por el narrador, que no es otro que el abogado, el jefe de este escribiente peculiar, otro personaje digno de atención, contemplativo, irresoluto y caritativo que le permite a Bartleby manejarse a su antojo, con esas “extrañas rarezas, esos privilegios y esas insólitas exoneraciones, que constituían las condiciones tácitas con las que permanecía en la oficina”
¿Por qué Bartleby actúa de ese modo? ¿Protesta? ¿Es un rebelde? ¿Un maniático? Una de las claves de este libro es que las explicaciones y la conclusión quedan a la interpretación de quién lo lee. Una posibilidad es ver entre sus líneas los alcances de la deshumanización en esas “moledoras de carne” que son a veces las oficinas, las fábricas y lugares emparentados con la producción en serie, con olores a rutina y labores anodinas en ambientes lóbregos.
En todo caso, el mérito de la narración lo ha transformado en un clásico de la literatura y a Bartleby, en un protagonista difícil de olvidar.