• 21 de Octubre

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[OPINIÓN] ¿De qué se trata…? ¡Para oponerme!

Dr. Franco Lotito Catino

Conferencista, escritor e investigador (PUC)


Hoy en día, estamos siendo testigos de una forma muy negativa y absolutamente reprochable de alcanzar todo lo contrario a lo que llamamos un “diálogo constructivo y productivo” para terminar cediendo espacios a un “monólogo irrelevante e inútil”, ya que en lugar de dar cabida a: opiniones personales bien formuladas y a la lógica de los argumentos correctamente fundamentados –y que juegan un rol crucial en un proceso comunicativo–, éstos deben ceder su lugar a un conjunto interminable de descalificaciones, opiniones sin fundamento alguno, a discusiones inconducentes, o a las infames “funas” en redes sociales –y también en vivo y en directo–, con un solo objetivo: anular, avergonzar y/o desacreditar al oponente.

Queda claro que se trata de una postura de “oposición no informada”, en relación con la cual, existe, a priori, una predisposición a no estar de acuerdo con algo, sin que el detractor tenga conocimiento de los detalles, así como de los datos o argumentos que sustentan un determinado asunto, acerca del cual, ni siquiera ha intentado informarse de manera adecuada, lo cual, denota una clara actitud despectiva y de rechazo.

A lo anterior, se suma, a menudo, un tono irónico o crítico, especialmente, cuando las frases que utiliza el sujeto detractor van acompañadas de tres o cuatro signos de exclamación o interrogación, como por ejemplo: “…y qué es la angustia???”, en un tono exigente y perentorio, no obstante que el sujeto que plantea la interrogante, sabe tan bien como el primero, lo que significa el concepto “angustia”, pero quien, en realidad, tiene una agenda oculta: está esperando la respuesta, con la finalidad de “caerle encima” a su interlocutor e iniciar su ataque, ya que lo dicho por la otra persona no le agrada o no va en su línea de pensamiento.

Tanto en política –donde se habla de “oposición responsable”, como una fórmula disfrazada de “seriedad” para engañar a la gente–, como así también en las redes sociales, es muy fácil encontrar sujetos, quienes “disfrazan” sus reales y ocultos deseos de contrariar, polemizar o descalificar gratuitamente los escritos, declaraciones u opiniones de otras personas, asegurando que lo “único que buscan, es un intercambio fructífero de información” y que, en su opinión “uno de los componentes esenciales, es la crítica”, olvidándose, muy convenientemente, por cierto, que antes se dedicaron a practicar abierta y libremente lo que se denomina una “falacia ad hominem”, es decir, un tipo de falacia que pretende ser “lógica”, pero que, en realidad consiste en un ataque personal dirigido, justamente, a la persona que expone un determinado argumento o una afirmación, en lugar de complementar, debatir o cuestionar la “validez del argumento”. Si el diálogo se hiciera en forma correcta, el detractor debería ser capaz de entregar datos, información o argumentos que prueben el punto de vista contrario, algo que nunca sucede con este tipo de individuos.

El término latín “ad hominem” significa “contra la persona”, y se utiliza con la finalidad de desacreditar un punto de vista ajeno, atacando la reputación, los conocimientos, la experticia o el carácter del oponente. Dicho de manera clara y directa: el objetivo del sujeto que usa la “falacia ad hominem”, es desviar la atención de la discusión central –o del supuesto “diálogo” con la otra persona–, y obstaculizar, justamente, el debate productivo, sin aportar datos o argumento alguno.