Esta semana se produjo un momento que llamó la atención de la prensa a nivel regional y comunal. El dueño de un restaurante de Puerto Varas, “Carne y Papa”, decide rechazar el presupuesto de un llamado “influyente”, quien prometía un video probando sus platos a cambio de 300 mil pesos. En su lugar, decide grabar un video probando sus propios platos. ¿Por qué el video del dueño del restaurante se hace viral?
Probablemente porque tiene que ver con decir las cosas como son. Sin palabras con exceso, sin laberintos, sin piruetas, sin drones, sin quinientas fotos con más dientes que sonrisas, sin comentarios pagados para producir un arco iris de adjetivos. La verdad. Simplemente. Empatizar con la verdad tiene sentido, y pareciera que también tiene una nostalgia.
El momento coincide con la misma semana en que se conmemora a la prensa. La Aurora de Chile marca parte del proceso de nación. En una época en que la sociedad se divide entre generadores y consumidores de contenido digital, la relación entre la prensa, las redes sociales, y el sentido del espectáculo, conservan y comparten un desafío común. El rol de la verdad sin azúcar añadida. Sin colorantes ni saborizantes. Sin super verdad. Un rol institucional que es también una tradición nacional.
En un contexto donde no todo lo visible es relevante, y no todo lo relevante es visible, el espectáculo por atraer audiencias distrae la claridad. Los likes miden una reacción, pero no forjan certeza, ni apelan directamente a un sentimiento. El espectáculo transforma la rutina cotidiana en una forma de registro predispuesto, primero, a contarlo todo, para luego, transformarse a ser un intérprete de cada cosa que se cuenta. Un camaleón tipo Zelig. Nadador, corredor, explorador, cantante, bailante, autoridad local, comunal, nacional, mundial. El estrellato enciende sus luces bajo la escolta permanente de fotógrafos profesionales que registran la gesta heróica desde el lente cinematográfico. Lejos están los días en que las fotos de fotógrafo eran para el anuario escolar, la primera comunión y para renovar el carné de identidad. Nunca la identidad aparentó tanto, y al mismo tiempo, fue tan esquiva.
Esa influencia no descansa en la verdad, sino en la conveniencia de parecer creíble. El punto entre la verdad y la exageración de la verdad tiene cuadras solitarias que pueden ser peligrosas. La influencia se mide en visibilidad, pero la legitimidad sigue dependiendo de la verdad. Y ambas ya no coinciden necesariamente. En ese contexto, el rol de los medios se hace evidente. No se trata sólo de decir cosas, sino de comprobarlas, tanto en los hechos como en su justa importancia. Y no porque alguien pague. Sino, porque merece ser dicho.
Con el auge de las redes sociales, la sobre exposición basada en el rostro de alguien en una pantalla, hablando de algo, una y otra vez, se produce en todos los temas. Siempre alguien está explicando algo. Son videos creados para quedarse pegado mirando. Tres medidas que cambiarán tu vida, la última te sorprenderá. Y así, una y otra vez. Primero envuelve, luego, ya con la audiencia ganada, promueve lo que se estime conveniente y lucrativo. Transacciones de empatía y conocimiento por dinero, aplausos, adhesión, fama, votos. Buenas intenciones, sin duda, pero que no son gratis.
La administración de la percepción termina depositada en acumular reseñas, deditos y corazones virtuales como si fueran criptomonedas. Nadie sabe para quién trabaja. Ser influyente, o contar con influyentes. Pagar por comentarios. Pagar por publicaciones en los medios. Trastornar la publicidad en contenido editorial. Hacerla uno, sin dejar de ser uno. El precio tiene vocación de oportunidad. Se puede ser y parecer al mismo tiempo. Tal vez, hasta cierto punto, con riesgo de equivocarse. El brillo de la pantalla encandila, sobre todo en la noche. La autenticidad se defiende a ultranza en el laberinto de su propia soledad. La verdad merece la residencia de su propia tradición. La Aurora de Chile no se creó por nada. A veces hay que comer los platos propios.