Cada vez falta menos para que se termine el verano. Está amaneciendo más tarde, oscureciendo más temprano, las noches son más heladas. Floreció el ulmo, aparecieron las moras, mientras, algunos árboles ya tienen sus hojas de color dorado.
Este ha sido el primer verano desde el retorno de la nueva normalidad, post pandemia, post estallido social. La temporada prometía ingresos como en los mejores tiempos, pero, esa expectativa convive con un año distinto. Inflación, menor poder adquisitivo, menos recursos, menos gastos. Vacaciones más cerca del lugar donde se vive, más breves, en muchos casos, vacaciones postergadas, hasta nuevo aviso.
Puerto Varas tiene una vocación turística indiscutible. Sus paisajes, servicios, su historia, todo el patrimonio natural y cultural que ofrece, reconocen al destino como un lugar estratégico, en el contexto de la cuenca del Lago Llanquihue y su conectividad con Argentina, la isla de Chiloé, la Ruta de los Parques de la Patagonia, la Ruta Inter Lagos. También entre Osorno y Puerto Montt, dos ciudades fundamentales para la comprensión de la región de Los Lagos.
Para este año de nueva normalidad, en que la vida sin mascarilla aún no se olvida de la vida con mascarilla, el municipio organizó una serie de actividades, especialmente enfocadas en los residentes. Fiesta de la cerveza, fiesta del kuchen, pintura de mural en el acceso sur, bandas, talleres culturales, deportivos, fiesta del libro, entre otras. Una mezcla razonable de lo típico y lo nuevo, con el contraste, a veces necesario, de fiestas costumbristas, seguidas de un novedoso show lumínico de música electrónica.
La semana Puertovarina fortalece su nombre y busca conseguir su propio estilo, convocando a toda la comunidad en su diversidad, tanto en el habitar, como en el viaje. La agenda propuesta es amplia, integrando a la comuna más allá de su centralismo comunal, realizando actividades a lo largo de todo el territorio. Quienes residen, y quienes visitaron, pudieron vivir una parte de lo que significa ser de acá. Al menos una interpretación, que, en su conjunto, parece razonable. Es decir, hay una relación coherente entre la identidad de la comuna y la imagen que proyecta. Cuando menos, el debate que se puede provocar es desde los matices, no desde el desconcierto. Nadie podría decir que están cambiando todo. Y eso es bueno.
Ciertamente, en la nueva normalidad las cosas no son como eran, pero a su modo, se parecen. Como se dice, el río nunca es el mismo, por mucho que sea el mismo río. La historia no se repite, pero rima. Cada puente registra sus aguas, su memoria, y por qué no decirlo, su nostalgia. En ese sentido, tal vez lo más notable de este año: El esfuerzo de recuperar el uso del Lago Llanquihue para la navegación. Cuando se habla de construir comunidad local, también debe ser sinónimo de recuperar el sentido de puerto. La idea de puerto está presente en el nombre de la comuna, en su memoria, y tal vez, en el futuro. Todo puerto es una puerta y ver que esa puerta se está abriendo cada vez más, merece aplauso. Esta iniciativa debería ser sólo el inicio de una política integral de recuperación de la navegación en el Lago Llanquihue.
Así, durante esta temporada, en general, las producciones realizadas por la comuna han servido, sin apelar a la masividad, al encuentro con lo festivo, generando un desprendimiento necesario del pantanoso universo de los problemas. Este verano recuerda en el verbo que la responsabilidad de la administración es mucho más grande que sólo solucionar las dificultades, que obviamente no desaparecen porque es verano. A veces simplemente se acentúan. El taco, la basura, la seguridad, entre tantos temas conocidos y sin aún tener una eficiente solución, cada cual, con su historia, anuncio y proceso.
Como sea, problemas aparte, este fue el primer verano de nueva normalidad, luego de años muy complicados. Quedan las últimas semanas. Aceptando la realidad, considerando el pasado, los problemas y oportunidades del presente, los aciertos y los errores, hay que decir, ha sido un lindo verano.