El reciente aniversario de Puerto Varas dio pie y pauta para todo tipo de expresiones. Más allá de los años y los eventos asociados, se revive el debate de la identidad y el sentido de origen. Ser o no ser de acá, el peso de la residencia, los años, la herencia, el legado. También el respeto por el pasado y la interpretación de lo que debería ser el presente y su respectiva construcción de futuro, considerando los cambios sociales y las nuevas necesidades. En cualquier caso, el debate más que de identidad, parece ser de ideología. No se trata de nacidos, crecidos, avecindados, aparecidos, allegados, originales o impostores.
Entre la identidad y el afán de identificación se devela un debate que es más bien ideológico. Un instrumento que sirve como un espejo, pero no es un espejo. Refleja otra cosa. Es parte de la construcción del relato. Esta idea de que la política representativa, la misma que permite el ejercicio del poder, redunda en un lugar, más que en una visión sobre ese lugar donde se vive. ¿Es Puerto Varas lo mismo para todos? No. ¿Hay consenso pleno en cómo Puerto Varas debe crecer, seguir, avanzar, adaptarse a su circunstancia? Tampoco. Si fuera así, ni siquiera sería necesario tener elecciones, bastaría con un concurso público.
Lo que hay es una vocación expresada en mayorías. Una decisión política deliberante, marcada por la articulación sectorial, tanto de la derecha como de la izquierda. Pactos de omisión favorecidos por la falta de coordinación de otros postulantes. Puerto Varas no es un partido político, ni debería serlo, ni lo será. Tampoco es una ideología. Puerto Varas es un lugar. El lugar y la idea de ese lugar son esferas diferentes. Esta recursividad no es nueva. En Chile se han visto candidatos que dicen ser del partido Chile, así como los nombres de los sectores políticos tienden llevar el nombre del lugar que buscan representar. Pero, el lenguaje no alcanza para tanto. Su construcción de realidad es parcial, nunca tan fuerte como para reemplazar el rol concreto de los hechos y las ideas que explican los hechos.
El aniversario de Puerto Varas tiende a decir lo genial que es la comuna y su gente. El valor de su historia. El pasado navegante, el rol del tren, la innovación del turismo, el impacto migratorio en sus distintas estaciones y sus huellas entre las décadas. Incluso, la dimensión conocida y desconocida de su presente para la construcción de futuro. El éxito y el exitismo convergen como un abrigo delgado para el frío de los desaciertos, pendientes y fracasos, aceptando la fría realidad de que las buenas no omiten las malas.
Hablar de la comuna no es sólo hablar de su gente, nacida, recién llegada, llegada hace años. En la lógica de esta racionalidad se trasluce una profunda emotividad, vehículo que tiende desde la empatía hacia la identificación. Es decir, no se trata de la identidad local, sino, de la identificación local, con un otro que permite la construcción de un yo. Empatía, escucha, simpatía y adhesión convergen con la instrumental construcción de sentido.
Esto último, durante el pasado reciente, ha sido particularmente exacerbado por la conducta performática: hacer de cada cosa presuntamente conveniente que se realiza, y que se quiere comunicar, una exposición de valor, sentido y significado. Lo que no agrada se menciona sólo desde la formalidad inevitable, agregando una épica de reconocimiento que se declara como un acto de transparencia. No siempre se puede arreglar un vaso roto, pero igual se recogen los pedazos.
Rehuir del valor ideológico político sectorial, además de poco preciso, es poco certero y poco creíble. La residencia no construye pensamiento, por mucho que lo motive. La instrumentalización de pertenencia es también la ausencia de la declaración de una ideología, que curiosamente, es la que permite la representación que arroga el derecho de hablar a nombre de los demás.