El 30 de julio recién pasado se celebró el Día Internacional de la Amistad y si revisamos el significado que tiene esta importante palabra, encontramos la siguiente definición: “Relación de afecto, simpatía, respeto y confianza recíproca que se establece de manera voluntaria entre dos o más personas que no son familia”, donde esta relación de sincero afecto se puede presentar en distintas etapas de la vida y con diferentes grados de importancia y trascendencia.
En este sentido, muy distinta sería nuestra sociedad, si los ciudadanos de nuestro planeta practicasen entre sí una amistad sincera, respetuosa y recíproca. De ahí el título de esta columna, un título que está tomado del grupo de amigos que trabajaron arduamente para que este día tuviera significado y que se instaurara y festejara en todo el mundo.
Ahora bien, hay amistades que se forjan cuando las personas están en el colegio y que pueden perdurar por el resto de la vida, sin que importe mucho el hecho de que los amigos estén separados por cientos y, en ocasiones, por miles de kilómetros. De ahí que se diga, que una amistad no crece por la mera presencia de las personas, sino que por la magia que se produce de saber que aunque no las veas, llevas a esos amigos(as) en el fondo de tu corazón. Eso también, es parte de la verdadera y genuina amistad.
La amistad se convierte en una relación de confianza, afecto y lealtad hacia la otra persona, donde la palabra empeñada se hace realidad, en función de lo cual, las personas hacen un esfuerzo –y ponen de su parte–, buscando el bien del otro, aceptándolo tal como es –con sus virtudes y sus defectos– donde la condición previa para la amistad, surge desde dos de los principales pilares y valores del ser humano, a saber, el respeto mutuo y la confianza plena en la otra persona, sin que exista el temor a ser juzgado o traicionado.
Si alguien nos agrada, nos cae bien, nos simpatiza, nos acoge y escucha nuestras ideas y opiniones –y las ideas y opiniones de los demás–, esa persona se convierte en el mejor ejemplo de la genuina amistad, una amistad que permanece para siempre y que se hace presente tanto en los momentos felices como así también en tiempos de dificultades y tribulaciones.
Los resultados obtenidos de un estudio realizado por un grupo de expertos en el tema de la Universidad Estatal de Michigan, EE.UU., demostraron que la amistad se fortalece con la edad, con un dato adicional muy significativo: en los adultos mayores, las amistades se convierten en la principal fuente de salud y felicidad de las personas, aún más que con los integrantes de la propia familia, lo que puede hacer un mundo de diferencia para nuestra propia salud y bienestar.
En definitiva: la amistad no tiene fronteras, edad, tiempo ni distancias, y perdura para siempre en el alma y en el corazón de las personas.