• 10 de Septiembre

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Cuando de la barbarie nuestra raza humana se vaya olvidando, una obra como esta nos hará recordar lo que ha ocurrido y ayudará a iluminar el corazón de las personas con los destellos que surgen desde sus páginas.

Fue escrita en 1916, en plena Gran Guerra, como se la denominó, en la ignorancia que después vendría otra aún peor. Según Blasco Ibáñez, la escribió a pedido del presidente de Francia, cuando el porvenir se veía oscuro e incierto, para que ayudara desde la literatura a la causa aliada. Que haya sido escrita por encargo y que sea de tinte pro francés, no le quita un ápice la calidad literaria que nos ofrece.

En la novela nos encontramos con dos familias emparentadas a través del español Madariaga, personaje entrañable, un patriarca como salido de Macondo, estanciero en Argentina en cuyas pampas parte la narración. Son los Desnoyers y los Von Hartrott, que se enfrentan después, a raíz del estallido de la conflagración en Europa.

Es notable la maestría para exponer las cosas, fijándolas por medio de imágenes que llegan directo a la mente. “Al verse acosados con poca tenacidad los que se retiraban, cayéndose de fatiga, se tendieron y excavaron la tierra, creándose un refugio. Los franceses también se acostaron, arañando el suelo para no perder lo recuperado…y empezó de este modo la guerra de trincheras.”

Se deduce que don Blasco Ibáñez fue contrario a los nacionalismos que buscando hegemonizar al resto, terminan provocando las matanzas, que ya conocemos a lo largo de la historia. Por eso, habla por boca de Madariaga: “Fíjate, gabacho: yo soy español, tú francés, Karl es alemán, mis niñas argentinas, el cocinero ruso, su ayudante griego, el peón de cuadra inglés, las chinas de la cocina unas son del país, otras gallegas o italianas, y entre los peones hay de todas castas y leyes. ¡Y todos vivimos en paz! En Europa tal vez nos habríamos golpeado a estas horas, pero aquí todos amigos.” Notable alocución.

La guerra, el hambre, la peste y la muerte son los jinetes que para el autor representan la catástrofe sufrida por la humanidad con la Primera Guerra Mundial. Un personaje secundario en la trama es el que nos lleva al título del libro. Un revolucionario ruso afincado en París, con copas o más bien botellas de más, con locuacidad visionaria evoca una noche la fantástica cabalgada de los cuatro jinetes apocalípticos: “La Bestia no muere porque es la eterna compañera de los hombres. Se oculta cuarenta, sesenta años, un siglo, pero reaparece. Todo lo que podemos desear es que se esconda mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que guardarán todavía nuestro recuerdo.” Aquí Blasco Ibáñez se equivocó. La Bestia volvió chorreando sangre sólo un poco más de veinte años después.

Sobre el pueblo alemán señala “Los alemanes están locos de orgullo, y su locura resulta peligrosa para el mundo. Cuando hayan desaparecido los que les envenenaron con ilusiones de hegemonía mundial, cuando la desgracia haya refrescado su imaginación y se conformen con ser un grupo humano ni superior ni inferior a otros, formarán un pueblo tolerante, útil…y quién sabe si hasta simpático.” Lo notable es que Blasco Ibáñez lo escribió antes de 1916, cuando Hitler era un oscuro cabo del ejército alemán y aún el nazismo y su ideología de raza superior no existían como tales.

Debo decir que esta novela me tuvo agarrado a sus páginas hasta terminarla. Los últimos capítulos son colosales. Los personajes como Madariaga y Desnoyers padre son de antología. Me alegro haberme topado con don Vicente Blasco Ibáñez, el valenciano aventurero que quiso crear nuevos mundos en la Patagonia. Don Vicente, usted me ha regalado una lectura de cinco estrellas.