¿Qué ocurriría si se abriera una ventana en el tiempo y dejar que allí vivieran los enfermos, los que van perdiendo la memoria, acompañados por sus familiares? Sería una oportunidad para que estuvieran juntos en el mismo año, en el único lugar posible, en ese momento que aún parpadea en la memoria menguante del que se está yendo. Pues aquello suena atractivo.
Veamos de qué se trata este libro, que le mereció a este autor búlgaro el Premio Booker Internacional 2023. Un hombre crea una clínica para personas con Alzheimer donde cada piso recrea una década del pasado. Así, los pacientes pueden vivir rodeados de objetos, música y ambiente de la época que recuerdan, lo que les da una especie de “refugio” en su memoria.
Es una idea brillante que crece y se convierte en un fenómeno social: países enteros quieren “volver” a épocas anteriores. Europa empieza a elegir democráticamente en qué década vivir. Los países, luego de duras elecciones optan por volver a décadas distintas. España, por ejemplo, decide arrancar del pasado sombrío de las décadas anteriores y elige la explosión de libertad de los años ochenta, saliendo de Franco y entregándose al destape de su cine y al fulgor de sus fiestas. Italia opta por los sesenta con su dolce vita, sus Vespas celestes, sus diminutos Fiat, sus Lollobrigida y Fellini.
Pero ¿qué ocurre cuando el pasado invade al presente?
Es una obra difícil de clasificar. Mezcla reflexión sobre la memoria, la identidad y el paso del tiempo, es filosófica y con toques de distopía; de una narrativa poco convencional, a ratos dispersa.
El libro está plagado de reflexiones interesantes. Para muestra un par de botones: Es más fácil recordar que olvidar, lo que es muy cierto. Y el pasado es más cálido. Tiene colores. Tiene olor. Tiene tacto. Desde allí llegan aromas y tardes de luz. El futuro no huele a nada.
Y referido a esto, está uno de los aspectos más fascinantes de la cosmovisión del pueblo Aymara. En la lengua Aymara, la forma de conceptualizar el tiempo es distinta a la que usamos comúnmente en Occidente: El pasado se asocia con lo que está “adelante” (frente a la persona). Porque es lo que ya se ha visto, lo conocido, lo que “está a la vista”. El futuro se asocia con lo que está “atrás” (a la espalda) Porque es desconocido, no se puede ver, y por lo tanto queda “fuera del campo visual”. Que notable.
También hay algunas debilidades: la premisa es brillante, y hay partes muy motivantes y de gran ritmo, pero otras se sienten lentas o repetitivas. Se fragmenta la narración saltando de un tema a otro, en retazos que me han recordado a Galeano, lo que estaría bien, pero aquí dificulta un tanto la lectura, Los personajes, excepto Gaustín, el ideólogo de la gran idea, no siempre están profundamente desarrollados; funcionan más como instrumentos funcionales para contar las historias o las ideas.
Y mientras Europa decide a que década volver, del resto del mundo nada se sabe. Mucho menos de Latinoamérica. ¿qué habría ocurrido con nosotros?
Naturalmente, hace pensar sobre cuál sería la década favorita para revivirla. Aquella en la que la memoria se solaza. Por supuesto, cada etapa de la vida propia tiene de esto y de aquello, de lo que hoy estamos hechos, de los que nos acompaña, de lo que fuimos. Pienso que no es un ejercicio fácil.
Sin embargo, los recuerdos entusiasman. Disfrutemos mientras siga siendo más fácil recordar que olvidar.
Y todo a propósito de estas Tempestálidas de Gospodinov.