• 23 de Octubre

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Este libro me estaba esperando en el librero que tiene mi hija en su pieza (me reprendieron por esta correría). Todavía no me explico cómo me demoré tanto en llegar a sus páginas. No voy a caer en el cliché de decir que es para todas las edades, aunque sea muy cierto. Pero sí voy a decir que me recordó vivencias que yo creía dormidas u olvidadas de cuando salí de mi casa a estudiar internado en un colegio rural cuando tenía once años.

Y es que a Harry Potter, un niño huérfano le empiezan a ocurrir cosas fuera de lo común también a sus once años. Porque dejará de vivir con sus opresores tíos y un primo insoportable para comenzar a estudiar en un internado. Pero no es un internado cualquiera. Es nada menos que un colegio para jóvenes que pretenden formarse en las artes de la magia y la hechicería ¿Podría haber un panorama más incitante?

En el tren a Hogwarts, que así se llama este colegio, Harry conoce a Hermione y a Ron, que, como ya sabemos se irán transformando en compañeros y amigos entrañables.

Así las cosas y pasado el nerviosismo inicial ante lo nuevo y desconocido, (recuerdo muy bien esa sensación), las clases comienzan, aunque no tienen los ramos habituales, sino que dicen relación con temáticas como Introducción a las Pociones Mágicas o Principios y Destrezas contra las Malas Artes y otros intrigantes cursos por el estilo.

Pero, el niño que llevo dentro, más bien interesado en los recreos, centra su atención en ese deporte tan distinto al fútbol, denominado Quidditch, el que hay que aprender a jugar volando arriba de una escoba.

Y vuelvo a mi internado en colegio rural, experiencia iniciada a la misma edad de nuestro Harry Potter. Ese colegio mío no era Hogwarts, no viajé en tren para llegar a él, no se jugaba Quidditch, no tenía pasillos secretos, (que yo supiera), no estaba el profesor Dumbledore y tampoco nunca tuve la posibilidad de usar y admirar una Nimbus 2000, esa escoba maravillosa.

Pero era un colegio en medio del campo, en un sector rural que se llama Piedra Azul, rodeado de frondosos bosques y frente al mar, al que llegaba y salía en los viajes mensuales a mi casa arriba de un bus destartalado. Jugué fútbol tradicional, en partidos memorables contra equipos de otros establecimientos (Quidditch no se podía por falta de árbitros, el poco espacio entre los árboles y porque no había Nimbus disponibles); el colegio tenía pasillos tétricos de noche (no había luz eléctrica) y en vez de Dumbledore, tenía también un director que era un hombre bueno. Supe de camaradería, frustraciones, privaciones y grandes momentos.

Y por eso pienso, que tal vez leer a Harry Potter un par de décadas después de cuando pude haberlo leído, tiene un valor agregado, porque ahora me ha regalado con perspectiva de mayor distancia en el tiempo, etapas de niñez que han vuelto a mí, que estaban en un baúl de la memoria con sus sensaciones y sueños de ese entonces y ¿por qué no?, volver a creer que la magia es posible.

Un libro universal, porque los sueños y la fantasía también lo son.