La primera página de una novela o de un cuento de Gabo por lo general es atrapante como la mordida de un perro bulldog. No te suelta más. Y aunque este rastro de tu sangre en la nieve no tiene el arranque de Cien años de soledad, los primeros párrafos nos van sumergiendo en la historia, al compartir como si fuera en carne propia lo que les va sucediendo a los protagonistas.
Se dice que El Centro Gabo, dedicado a la memoria del gran escritor colombiano, seleccionó cinco de los cuentos que García Márquez solía releer para entender los secretos de una buena historia. Esto es muy razonable y habla muy bien de este ganador de Premio Nobel. Pero dan ganas de decir: Gabo, muchacho, después de leer uno de tus cuentos propios, éste de ahora, uno de tus Doce cuentos peregrinos, te debo señalar que no tenías necesidad de releer más nada ningún cuento ajeno. Bastaba con tu talento y tu inteligencia.
Mira lo que logras Gabo, al menos conmigo, con esta historia de recién casados en viaje de luna de miel. Haces que me ponga en la piel del pobre Billy Sánchez, que, aunque gallo de pelea en tierra propia, es un inútil pollo desvalido en suelo extraño ¿Cómo no sentir esa impotencia, de no saber o no poder hacer nada, para ayudar en tan duro trance a quién amas, porque estás fuera de tu hábitat? ¿Cómo no va a ser terrible sentirse prisionero en una trama burocrática, con la traba del idioma sin saber cómo diablos resolver tu problema o a quién acudir?
Bueno, entiendo lo que se siente siendo extranjero en París, ciudad donde transcurre parte de este relato. Será la ciudad luz, pero los parisinos son gente, digamos, de una hospitalidad escasamente abundante, como queda de manifiesto también en este París que Gabo nos hace compartir. Incluso es cierto aquello de que cuando no sabes, ves la torre Eiffel que está cerca para ir caminando, pero luego te das cuenta de que está mucho más lejos de lo que parecía y además cambia de lugar a medida que la buscas.
Finalmente, por qué no decirlo, vas conociendo tan bien a Nena Daconte, la novia que se quiere devorar el mundo, que terminas un tanto prendado de ella. Pero el relato se termina y las páginas se van y quedas pidiendo una explicación. O un final distinto.