• 21 de Octubre

Sugeridos:


Estamos en 1542. Doscientos españoles, acompañados de miles de indios porteadores y una multitud de llamas, perros y cerdos atraviesan inhóspitos parajes, saliendo de Quito rumbo al sudoeste, cruzando la sierra de Los Andes para encontrar al otro lado, como le han dicho los indios, los bosques de canela, esa especie tan preciada que los harán ricos y gloriosos.

Pero, allí habrá solo selva y ríos que van creciendo, entorpeciendo el avance y las provisiones se irán terminando. Así las cosas, el jefe Gonzalo Pizarro, hermano menor del conquistador Pizarro, saqueador principal del oro de Perú, envía a Francisco de Orellana que baje por el río a buscar provisiones. Pero ya no se verán nunca más.

Y así, lo que nace como el error de ir tras una quimera, se transforma en un acierto que pasa a la historia como una de las más grandes proezas del hombre. El de descubrir y navegar al completo, el rio más largo y caudaloso del mundo. Y aquí está contado, con una calidad a la altura de su temática, para posicionarla, creo yo, como una de las grandes novelas históricas de esta parte de mundo.

La narración nos lleva por un mundo maravilloso y total, aquel del rio y la selva, y sus habitantes, indios hospitalarios que proveían de alimentos salvadores y de los otros, que enviaban flechas desde sus cerbatanas. Todo ebulle de vida y muerte. Serpientes, monos, multitud de seres vivos que pululan por todas partes, en una selva que tiene miles de ojos, como bien muestra la portada del libro.

Orellana y su diezmada tripulación a bordo de dos bergantines hechizos, construidos a puro ingenio en plena selva, llegan a la desembocadura en el Atlántico, de esa serpiente plateada de 7000 kilómetros que es el río Amazonas, después de ocho meses de calvario.

La novela es historia y es ficción, pero también un relato personal, autónomo de las crónicas oficiales, que pone luz donde había oscuridad, que pone justicia allí donde siempre hablaron las injusticias de los vencedores, que pone compasión allí donde siempre hubo indiferencia.

Es un retrato vívido y a la vez inquietante, plagado de descripciones y frases elaboradas, bien logradas, pero que suelen hacer más densa la narración, como ocurre en algunos pasajes y que obligan a una lectura reposada.

El hilo argumental de la novela se desplaza como los meandros del rio. Va abarcando todos los aspectos. La prosa es minuciosa, y a la vez poética, fijando los detalles. Si fuera una pintura, me ha recordado a El jardín de las delicias, esa obra de El Bosco que impresiona mostrando la complejidad de la creación del mundo y del paraíso tan cerca del infierno.

Un libro trascendente, pleno y a la vez profundo como el Amazonas.