Con la incondicionalidad de un enamorado, Eduardo Galeano nos comparte su pasión por el fútbol, aunque también, con las certezas de un amante viejo, no esconde las renuncias, los pecados y aquellos defectos incómodos, pero… ¡ohhh…el amor lo perdona todo!
Más de 150 pequeñas crónicas para degustar como manjares, que van desgranando historias de ídolos de ayer y leyendas recientes, anécdotas sabrosas y de las otras, los entreveros del poder en torno al fútbol, las corruptelas y las artimañas.
Y dentro de la cancha el honor que enaltece, la gloria que inmortaliza, la alegría que desborda y la derrota que aprieta el corazón. Y una pasada por todos los Mundiales del siglo XX desde 1930 al 2002. Debo decir, que, aunque como militante de la pelota al piso y buscador perenne de la red contraria me puedo equivocar, éstas son crónicas aptas para entretener a cualquiera y no sólo a los amantes del deporte rey.
Y el uruguayo Galeano en su estilo se despacha esas declaraciones que no caen en la indiferencia, como decir “pocas cosas ocurren en América Latina que no tengan una relación, directa o indirecta con el fútbol, … éste ocupa un lugar muy importante en la realidad, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad, pero desprecian a la gente” ¿Exagerado o juicio certero?
De niño, en mis sueños metía el gol a estadio lleno en el último minuto sacando campeón a mi equipo. Con el clamor de miles retumbando en las gradas, coreando mi nombre. Siempre el gol era de cabeza. Parece que desde esa época ya no confiaba en lo que podía hacer con mis dos piernas.
Pese a todo, en la Facultad y por la escasez providencial y endémica de un puntero izquierdo, logré clasificar en la nómina para el esperado campeonato universitario nacional inter-Facultades, lo que se repitió durante tres años viajando a distintas partes del país. En el debut y primer partido en Campus ajeno, con la ayuda de Dios y de que mi marcador andaba perdido en el área nuestra, de contragolpe logré hacerle un gol al equipo de la Universidad más importante. Hasta el día de hoy lo atesoro en mis recuerdos como una de las cosas más hermosas de la vida. Pero no quiero sonar a exagerado. Por supuesto que el nacimiento de mi hija fue más importante. Algo de buen juicio queda.
A diferencia de otros deportes, en el fútbol se puede ganar o perder, pero también empatar. Como en la vida. Y tal vez, eso es lo que lo hace pasión de multitudes. Hasta el fin de los tiempos.