He aquí al detective Heredia en gloria y sin majestad. La historia transcurre en Santiago de Chile, a inicios de los noventa cuando el país pugnaba por dejar atrás la dictadura, viviendo su primer gobierno democrático.
He llegado a mi primer contacto con Heredia por una razón muy simple. Su creador, que lo ha paseado a través de muchas novelas se ha ganado este año el Premio Nacional de Literatura, el máximo galardón de las letras chilenas. Y era imperdonable a estas alturas, no haber leído nada de Ramon Díaz Eterovic. Y algo representativo de su prolífica obra es Ángeles y solitarios, tal vez su novela más premiada y publicada en varios países, entre ellos España.
La trama transcurre en torno a una investigación sobre fabricación ilegal de armas para exportación, en que participan poderes ocultos que vienen de la dictadura y que aún se mantienen en democracia a base de acomodos y componendas, infiltrados en las fuerzas armadas y en la policía.
Heredia comienza a tirar del hilo, investigando a partir de algo muy doloroso que sufrió Fernanda, su examante, quién le hace llegar una carta. Por cierto, sus investigaciones le acarrean muchos peligros y peripecias, que están contados a buen ritmo y con diálogos bien intercalados que agilizan la lectura de esta novela muy recomendable.
Sin embargo, no es sólo una historia policial y de suspenso. Está enriquecida con el retrato vivido de ese mundo urbano de los noventa, lleno de imágenes que nos llevan por los rincones marginales, de gente anónima que vive para trabajar y sobrevivir, de bares y restaurantes icónicos, de autos de marcas que quedaron en el recuerdo, de boliches y tugurios de mala muerte y de esos quioscos en que era posible encontrar multitud de diarios y revistas.
Todo bien, salvo por la preocupación que me deja el personaje. Heredia fuma como carretonero y absorbe vodka y cerveza como una esponja. El hombre no sabe gestionar de otra forma las tensiones, las penas de amor y los peligros de su oficio de detective privado. Ni Simenon, su relajado gato confidente, ni Griseta, una joven mujer que llega de milagro a su vida, lo sacan de esos hábitos tan peligrosos.
Fuera de aquello, Heredia es un personaje con el que se termina empatizando. Goza de un humor irónico, es aficionado a leer para extractar citas mal repetidas o inventadas. Para muestra un botón: “La vida es una barca. Ya lo dijo Calderón de la Mierda”.
Y finalmente, se demuestra que no solo el amor mueve al mundo. También movilizan a hombres como Heredia, la sed de justicia. Y además, las ganas de vengarse.