Cae la grúa pluma sobre la playa. Se corta la playa en la mitad. Se corta la calle. Se corta la luz. Los cables quedan en el suelo. Trizas de cemento, metal. La baranda de la costanera torcida declara su derrota. El estruendo marca la jornada. Parece una gran ballena metálica varada en la playa. Al momento del impacto, lo único que quedaba era la preocupación por potenciales heridos o muertos.
Los videos que circulan por las redes sociales y los grupos de whatsapp retratan el desastre desde distintos ángulos. El sentimiento de asombro conversa con el desconcierto: ¿Cómo es posible que pase una cosa así?
Un accidente, un error. Un hecho inaceptable y peligroso. Se debe investigar. Se debe fiscalizar. Esto nunca debió haber pasado, se dice y se repite en los comentarios. La situación convoca la atención de la prensa local y nacional. Con el paso de los minutos se confirma que no hay muertos ni heridos. El proceso de evacuación antes de la caída salvó vidas. La señal de alerta fue minutos antes, tal como si fuera una cuenta regresiva.
Pocas horas después de la caída de la grúa estaba programado el inicio de la Semana PuertoVarina, uno de los eventos masivos más grandes que realiza Puerto Varas. Este año cuenta con una fina selección de artistas de gran nivel. En cuanto al impacto, se dice de todo. Que es una obra social para ofrecer conciertos a quienes no tienen la posibilidad de ir. Que genera ventas para quienes, legalmente o no, venden cosas al público asistente. Que es una manera de acentuar la promoción del destino como un lugar donde pasan cosas entretenidas. Que es coherente con el principio de la cultura para todos. Que es una ratificación del rol de los espacios públicos para la comunidad. Que es una oportunidad de recuperar residuos y reciclarlos y así luego anunciar una gran cifra de recuperación de residuos.
Para una comunidad la fiesta es importante. Una comunidad que no sabe celebrar pierde algo que es triste perder. Y que una vez que se pierde, a veces nunca se recupera. Defender la importancia de la fiesta no es ninguna fiesta. Eso es un asunto serio. Sobre todo porque hay recursos significativos que se invierten en la fiesta, y en tanto, no se invierten en otras cosas. La organización y sus detalles son parte del debate. Cada nueva versión convoca a pensar en cómo debería ser la próxima.
Para el caso de este año, el lugar donde se realiza el evento de tres días, con todas las dificultades que genera, es hermoso, las bandas son buenas, y para la comunidad, se siente como si fuera gratis. Como si fuera un regalo, un premio, un derecho, un deber. En estos eventos, por si fuera poco, hay que asumir que es muy difícil, por no decir imposible, que queden todos contentos. El ruido, los tacos y los conflictos asociados a las aglomeraciones. Los trastornos para turistas y hoteles próximos. Los contrastes: se promueve un turismo de naturaleza, se ofrece una imagen de aglomeración capitalina. Se debate si se justifica, que son solo unos pocos días al año y que en el futuro se podría considerar otra ubicación. Con todo, pareciera que se generan más sonrisas que tristezas, más fotos lindas que feas. Además, no menos importante, queda como boleta de garantía la memoria: un buen recuerdo puede durar toda la vida.
La fiesta lleva el nombre de la comuna. Es de la comunidad y para la comunidad. La comunidad se lo merece. Tanto es así que la comunidad la paga. Más de 300 millones de pesos. En cada peso del monto invertido hay una decisión política. Decir que la decisión es política no es algo malo. Más bien es algo real. Pero cuando uno lo lee, como que suena mal. ¿Por qué pasará eso? ¿Hasta cuándo seguirá pasando?
La coincidencia de la caída de la grúa y el inicio de la fiesta es poco feliz. Mala suerte. Justo antes de partir la fiesta. Habrá que ver cada uno de los eslabones vinculados a las responsabilidades de la caída. La fiesta no tiene nada que ver con el accidente de la grúa. Salvo por un detalle. La grúa nunca debió haber caído pocas horas antes del inicio del evento. Esto muy probablemente se podría haber evitado. Eso no es ninguna fiesta. A veces la realidad hace más ruido que la fiesta.