• 21 de Octubre

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La ciudad que cuida elige a quién proteger

María Jesús Silva Rozas

Centro de Gobierno - Gabinete

Municipalidad de Puerto Varas


Cada mañana, alguien cruza la ciudad con una bolsa en una mano y la otra ocupada. A veces esa mano sostiene a una mano pequeña. A veces con una mano grande; o a veces con un bastón. A veces el tiempo justo para no llegar tarde. La escena se repite todos los días y, sin embargo, rara vez es el punto de partida desde el cual se diseña la ciudad.

Una ciudad que no se piensa desde el cuidado es una ciudad que descarga el costo de su funcionamiento sobre quienes cuidan, crían y sostienen la vida cotidiana. Y eso no es una falla técnica, es una decisión política.

Durante décadas, planificamos la ciudad desde la velocidad, el rendimiento del suelo y la lógica del tránsito. Desde arriba. Desde el plano. Pero la vida no ocurre en los renders ni en los indicadores abstractos: ocurre abajo, en la vereda rota, en el paradero mal ubicado, en el trayecto que obliga a elegir entre llegar a tiempo o llegar con calma. O simplemente llegar.

Cuidar no es una palabra blanda. Cuidar es tiempo. Tiempo para desplazarse sin miedo, para esperar sin exposición, para acompañar sin agotamiento. Cuando ese tiempo no está garantizado, alguien lo paga: casi siempre mujeres, personas mayores, niños, adolescentes, cuidadoras invisibles del funcionamiento urbano.

Pensar la ciudad desde el cuidado no es una moda progresista ni una consigna bonita. Es asumir que lo público existe para sostener la vida común, no solo para ordenar flujos. Y eso exige cambiar la escala desde la cual miramos.

Mirar desde los 95 centímetros, la altura de una niña o un niño,  no es un gesto simbólico: es un método político. Desde ahí aparecen con claridad las veredas imposibles, los bordes hostiles, los vacíos inseguros y los tiempos excesivos. Esa mirada incomoda porque obliga a priorizar lo que no luce en la foto, pero define la experiencia cotidiana de habitar.

Por eso un paradero nuevo, mejor ubicado y protegido, no es solo infraestructura: es reconocer que la espera también es ciudad. Que esperar sin miedo, sin frío o sin exposición es un derecho básico, especialmente para quienes no pueden “optimizar” su trayecto.

Por eso los talleres de natación en un territorio marcado por el agua no son solo deporte. Son prevención, seguridad y derecho al juego. Por eso una biblioteca para niñas y niños no es solo cultura: es una pausa necesaria, un espacio de encuentro, un apoyo real para las familias. Por eso un programa de bienestar adolescente no es un lujo: es una barrera concreta contra el aislamiento, la violencia y el abandono silencioso.

Nada de esto ocurre por azar. Cuidar la ciudad implica decidir en qué se invierte, a quién se escucha y qué vidas se consideran prioritarias. Implica, también, aceptar límites: no todo se resuelve rápido, no toda intervención funciona a la primera, no todo cuidado es visible de inmediato. Diseñar con evidencia es observar, corregir, ajustar y volver a intentar. Y aprender, incluso, de lo que no resultó como esperábamos.

La ciudad no es un producto terminado. Es un proceso vivo, frágil y profundamente desigual. Cuando no cuida, alguien se agota. Cuando cuida, devuelve tiempo, dignidad y posibilidad.

Cuando una ciudad cuida, sostiene la vida; cuando no, la desgasta. Y en ese desgaste cotidiano, silencioso y acumulativo, se juega mucho más que el diseño urbano: se juega la posibilidad real de vivir con dignidad.