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Homenaje a nuestra vecina Ruth Igor: “Ser Amable No Cuesta Nada”

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Ruth Raquel Igor Kunstmann, conocida desde pequeña como Tuty, nació en Nueva Braunau el 6 de diciembre de 1948. Hija de Manuel Antonio Igor Villarroel, campesino y orgulloso miembro de Carabineros de Chile, y de Lidia Rosa Kunstmann Cárcamo, mujer de carácter fuerte y rasgos suaves.

Niñez intensa

Su infancia la pasó en distintos lugares de la zona sur, debido al trabajo de su papá. Desde la vida citadina en Puerto Montt -que incluyó un breve paso por el internado del colegio de monjas- a las inolvidables aventuras en la lejanía de Caleta Hornopirén o el inhóspito puesto fronterizo de Casa Pangue, donde compartió con su papá largos recorridos a caballo, acontecidos paseos en bote junto a su perro y más de algún pescado recién salido del agua, asado en la misma playa. Fueron tiempos duros, con clima adverso y sin comodidades, pero en su memoria cada vivencia se transformó en un cuento fantástico que luego transmitió con amor a sus hijas y nietos.

Ya adolescente se trasladaron a la casa de la población Corvi, en Puerto Varas. Nunca más se fue de la ciudad y por el contrario, comenzó su amor y dedicación por la vida de barrio.

Su personalidad y gustos

De sus padres heredó el carácter fuerte, la voluntad inquebrantable, la valentía a toda prueba y un corazón generoso que no discriminó jamás a nadie. Siempre con la sonrisa a flor de labios, siempre con tiempo para escuchar. “Ser amable no cuesta nada”, fue una de sus primeras enseñanzas para su familia y luego para quienes compartieron con ella en las distintas labores sociales y comunitarias en que se sumó.

De sus padres también heredó el amor por la tierra, la valoración de sus raíces y la fascinación por las plantas y la naturaleza en general. Quienes la conocieron sabían que uno de sus dones era lograr que las plantas crecieran como en el trópico, dedicándoles tiempo, cuidados, incluso conversándoles y poniéndoles música.

Justamente la música y las artes en general nutrieron su vida. Desde sus tiempos de bailarina de ballet amateur en el liceo a la reina de las piruetas del rock and roll en los años 70. Su cultura musical no tenía fin. Podía pasar horas hablando de jazz, música clásica, reggae, rock, melodías celtas y baladas, así como también siempre se refugió en un rincón de su living para disfrutar escuchando viejos vinilos con la lluvia de fondo y la chimenea encendida.

La pintura, la poesía, los grandes novelistas y la historia universal también le apasionaban. Tanto o más que las historias de duendes, gnomos y hadas, los atrapasueños, las piedras y cuarzos, el mundo esotérico y las distintas corrientes espirituales. Siempre buscando aprender, siempre abierta a entender y apreciar cosas nuevas.

Se casó joven con Jorge Droppelmann Bittner y tuvo tres hijas: Andrea, Silvana y Lorena. A ellas las educó con amor infinito, pero con reglas claras. Las preparó para la vida y así se los repitió incansablemente. Logró que todas ellas fueran destacadas profesionales universitarias, uno de sus mayores orgullos en la vida. Mamá presente e hincha de primera fila en sus actividades, siempre recordando que no solo importa el resultado, sino también el camino para llegar a él.

El patrimonio: su gran motor

Con el correr de los años encauzó su amor por la historia, las tradiciones y la tierra en su mayor pasión: el rescate patrimonial de Puerto Varas. Lo que comenzó en forma tímida se transformó en su motor de vida. Recuperar barrios y su identidad, revivir lo antiguo con técnicas e ideas modernas. Así no era raro verla con sus compañeros del Consejo de Barrios Patrimoniales (CVD) pala en mano plantando rosales, con su característico gorrito amarillo que era casi parte de ella. Hacer conversatorios, conseguir fondos para restauraciones, invitar expertos de Santiago para obtener otras visiones, proponer ideas locas para proyectos concretos. Su actividad no tenía fin y eso la llenaba de alegría. El movimiento que se generó hizo que arquitectos, constructores, urbanistas, paisajistas, artistas de diversas especialidades, autoridades de gobierno y por sobre todo vecinos y habitantes de la ciudad se motivaran.

No hubo autoridad que no recibiera un llamado o un mail de ella solicitando apoyo para sus iniciativas, no hubo puerta de empresa privada que no golpeó invitando a sumarse a esta cruzada de amor por Puerto Varas. Y lo logró. No solo participó entusiasta en la colocación de primeras piedras, sino que celebró genuinamente la inauguración de las obras terminadas.

Con orgullo pudo mostrarle a sus hijas y a sus tres nietos -Sofía, Catalina y Simón- aquello que el CVD consiguió. Llevó a sus nietos a las plazas, recorrió junto a ellos los trabajos del monte Calvario contando cada una de las ideas que tuvieron, que desecharon y las que se concretaron. Pudo sentarse a contemplar la añosa y remozada casa San Ignacio junto a su “prole”, narrando cómo obtuvieron fondos y cómo de a poco fueron convenciendo a los vecinos que la ciudad es de todos y para todos. Y sin duda matizó el relato con historias de su infancia, de su juventud y de cuando se podía hasta jugar tenis en la calle, porque casi no había tráfico de autos.

La conoció el señor de la verdura afuera del Santa Isabel y el gerente general de la empresa más grande de la ciudad. La señora que barre las hojas en la Plaza de Armas, el alcalde, el Intendente y los músicos que en verano se instalan en las veredas. Se tomó del brazo con una ministra para no caer cerro abajo en un día de lluvia y compartió risas junto a un cafecito de termo con los maestros que levantaban los juegos de la plaza Niklitscheck. También tuvo muchas amigas y amigos. ¿El factor común? para todos tenía un momento, más de alguna broma, una sonrisa amplia y una frase de aliento, si el caso lo ameritaba.

Sin ir más lejos, en 2018 fue destacada como Ícono de la Amabilidad en Puerto Varas. Este premio lo recibió con humildad y orgullo, con el “corazón tibiecito de tanto cariño”, según confidenció a sus hijas. Fue un galardón a una forma de vivir, a una manera de relacionarse con su entorno.

“Aquí no hay colores políticos ni cargos ni jerarquías. Aquí hay habitantes, una ciudad y el futuro”. Así lo dijo más de una vez y así lo vivió hasta el último día.

Por Silvana Droppelmann Igor

 

Dejamos a continuación el video que nos regaló nuestra querida amiga Ruth con motivo del aniversario del diario el año pasado


Saludo Ruth