Semillas de luz XVII : Diez veces yo
Luis Alberto Vásquez Montenegro
Gesto Humano
Mañana por primera vez en mi vida cumpliré setenta años, es toda una experiencia, esto de por séptima vez cambiar de folio. He leído que cada siete años cambiamos todas nuestras células, no sé si será cierto, pero de ser así, he sido biológicamente hablando, diez personas distintas.
Ver como nuevos dientes aparecían en mi sonrisa, al mismo tiempo que marcaba en la muralla los centímetros que me faltaban para mirarme en el espejo del baño.
Pocos años antes habían enviado al cielo a la perrita Laika y con mis amigos nos dedicábamos a mirar los satélites que en cada atardecer pasaban por nuestro cielo. La perrita nos miraba de lo alto porque aún no conocíamos la muerte.
Lo que sí ya sabíamos, era que los rusos eran muy malos lo mismo que los alemanes que además eran tontos.
Ya en el segundo septenio, en el cine del barrio nos enteramos que los malvados más malvados eran los indios que atacaban a la pobre gente, todas rubias y lindas. Los hombres usaban suspensores y rifles, afortunadamente siempre llegaba la caballería que perseguía a los cobardes pieles rojas.
Ojalá en los tiempos de Jesús hubieran llegado a tiempo.
Fue entre Espartaco y el LLanero Solitario que aparecieron las hermanas de mis amigos con sus amigas que empezaron a llamarnos la atención, pero claro, las pichangas del barrio seguían insuperables.
El tercer septenio estuvo lleno de revistas libros y fantasías, el mundo se extendió, el colegio salió del barrio, las novelas de Salgari con Sandokan y sus piratas se mezclaron las de Blest Gana para enamorarme de Leonor Encina.
Era en los inviernos en que el Mapocho fuera de su cauce enviaba gente a golpear la puerta de nuestra casa para pedir comida o ropa.
Entre la Sangre y la Esperanza de Nicomedes Guzmán como la Vida Simplemente de Oscar Castro me enteré que había niños más pobres que yo.
Fue un tiempo de golpes personales y sociales.
Salí del colegio, el mismo año que tiraron bombas y en las noches contábamos los balazos, los hombres se cortaron el pelo, se rasuraron la barba, la radio habló de antipatriotas, ingresar a la universidad con sus murmullos y las miradas de reojo, enterrar a mi madre. ¡¡¡Brrr!!! Hacía frío
Fue un tiempo duro, borrascoso, filudo, solitario.
Esos diecisiete que parecieron un siglo.
El cuarto septenio, fue una noche oscura, la comunidad cristiana y la inevitable militancia política entregó sentido a mis días, mi fracaso universitario fue estrepitoso, autoflagelaciones, terapias varias.
Pero como todo túnel, allá al fondo asomó la luz de su sonrisa, hace exactamente cuarenta y tres años que recibí mi mejor regalo de cumpleaños, mi compañera de viaje, la madre de mis hijos.
Después entre los veintiocho y los treintaicinco, la vida laboral, el matrimonio, la democracia, la luz y la paternidad.
La conciencia de estar escribiendo una novela con más personajes me encontró
entre los treintaicinco a los cuarenta y nueve, hacer familia, criar hijos, trabajar, salir de Santiago, llegar al sur, trabajar, criar hijos, hacer familia.
Fue el tiempo en que las amistades cambiaron de tono, el choclo se desgranó, las amistades se redefinieron, los roles cambiaron. Había pasado tiempo suficiente para saber quién era quién.
Formo parte de una generación que fue probada en tiempos cuando hicimos lo que había que hacer, creo que eso nos hermanó más allá de nuestras diferencias. Nos unen vínculos entrañables. Espero lo intuyan. Algunos han tenido el mal gusto de morir pero bueno, cada loco con su tema.
Durante los últimos veintiún años, me he dedicado a sanar, proceso que aún no termina y aunque lo siento inacabable me ha permitido abrazar y dar buena mirada, no por ellos sino por mí.
Al final del tiempo, cada uno responde ante sí mismo.
Inicio mi próximo septenio, con el nido vacío pero lleno de satisfacción por los hijos que tengo, por estar amando a la mujer con que vivo y por haber encontrado un grupo de queridos hamigos con hache de hermanos.
La vida recién empezando.
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