Especialistas explican que esta tendencia puede entenderse como una forma de exploración identitaria propia de la adolescencia y no necesariamente como un trastorno clínico. Recomiendan evitar la estigmatización, fomentar el diálogo familiar y observar señales de alerta solo cuando exista aislamiento extremo, angustia intensa o deterioro significativo en su vida cotidiana.