• 06 de Febrero

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Fue un sueño y aún lo sigue siendo…Puerto Varas y cada una de las ciudades aledañas al Lago Llanquihue con sus identidades propias. Un punto al sur del mundo, con una historia cargada de esfuerzo  y un contexto de naturaleza excepcional, poseedora de un bagaje cultural variado y un patrimonio pleno de matices, espejo vivo de la huella de tres olas inmigratorias venidas desde diversas latitudes, culturas y momentos de su trayectoria.

Los llegados hace treinta años creímos que la mezcla única de innovación productiva en la acuicultura y el turismo, de entrelazos de riquísimas tradiciones europeas arraigadas desde la agricultura y el entonces renuevo generacional que venía de vuelta de las falsas ilusiones de las grandes urbes, íbamos a potenciar juntos una alternativa residencial y cultural muy potente. Una opción de vida más armónica en su belleza, en su tamaño y en su simpleza con la sinfonía del paisaje balanceado, dinámico y regenerador, tan propios de este territorio.

Esta alternativa de vida sureña más simple, austera, honesta, integradora, trasparente y contenida, sería fruto de una nueva forma de relacionarse familia y naturaleza, en la que esta última tendría por fin la posibilidad de contener la invasión ciega de las tecnologías, la aglomeración y los afanes de grandeza falsa, de maña escénica  y apuro, que invade la formación y la convivencia de las  generaciones urbanas, al punto de mantenerlos extraños al silencio y a la soledad,  ingredientes fundamentales para estimular la reflexión y la toma de conciencia de la sorpresa de uno mismo y su vínculo inseparable con todo lo demás.

El discurso verde de nuestro flamante alcalde y de su grupo transformador parecía tener espacio  para estos sueños por los que trabajamos durante décadas con algunos logros notables. Sin embargo luego de dos años de gestión municipal y de la identificación pública del grupo “Transforma” con el Apruebo en el pasado Plebiscito Constitucional, parece no quedar duda que se trata de caminos fundamentalmente diferentes.

Nosotros tenemos fe en la persona humana y su vocación creadora siempre fundida en el entorno natural que la contiene. Por eso ponemos en el centro ético la vida y la libertad, porque la primera es la oportunidad para que el hombre se revele en lo que potencialmente es, y la segunda es el mecanismo que permite materializarlo. En consecuencia el objeto y la forma que elegimos para transformar son ambos fundamentales. Aquí no hay atajos ni corto plazos que justifiquen poner en juego la vida ni la libertad humanas a favor de mejores futuros, ni pasos intermedios de engaño y abuso, porque es precisamente el camino presente el que nos transforma a nosotros y con ello a todo lo demás, incluyendo las promesas “superiores”.

Estos principios no son compatibles con un discurso contrario a la acción, ni con prioridades “política-estratégicas” por sobre las evidentes necesidades humanas, ni menos aún con el afán de control y poder per sé, camuflados en la construcción sistemática de imágenes publicas propias de una agenda política preconcebida y a veces añeja. Ciertamente estos principios no se acompañan con el gigantismo urbano y la persecución de quienes tras una mejor vida emigran del fracaso de las grandes urbes a la residencia rural, ni con el manejo engañoso de la retroacción decretada por la Contraloría General a un proyecto de Plan Regulador Comunal que pretende cuadruplicar el actual tamaño de la ciudad, sin siquiera tener factibilidad sanitaria y que funde Puerto Varas con la ciudad de Llanquihue convirtiéndolas en un Pueblón.

Pablo Ortúzar A.