El mito del paraíso del que fuimos expulsados se caracteriza porque toda necesidad estaba inmediatamente resuelta, no había posibilidad de que se manifestara el deseo, por lo anterior el esfuerzo carecía de sentido, todo se nos daba a priori.
La sanción asociada a la expulsión se resume en que las mujeres parirán los hijos con dolor y los hombres deberán ganar el pan con el sudor de su frente.
Mas allá del mito, una de las perennes aspiraciones humanas ha sido, neutralizar o al menos morigerar el impacto de esta supuesta condena divina.
Esfuerzo y dolor, aparecen así, como condiciones indeseadas e inevitables de los logros de nuestra especie.
La naturaleza en sus distintas y múltiples manifestaciones muestra la existencia de ciclos con distinta temporalidad y ritmo las estaciones del año, las mareas afectadas por la posición lunar, la maduración de las semillas, la gestación de la vida y un largo etcétera.
En nuestra condición humana también se manifiestan los ciclos internos con sus propios tiempos y ritmos; la sístole y diástole, la inhalación y exhalación, entre otros.
Nuestros procesos de aprendizaje desde lavarnos los dientes, pelar una papa, resolver una ecuación compleja o memorizar el código civil, no están exentos del efecto del tiempo, la ciclicidad y los ritmos, que contienen ontológicamente esfuerzo, frustración, satisfacción y así hasta el momento que nos resultan automáticas e invisibles como esfuerzo.
Cada polluelo rompe el cascarón en distinto momento, dentro de un promedio de tiempo.
Y todos sabemos el daño que le provoca al pollo, romperlos desde afuera.
El éxito de un deportista está en vencer a los rivales, pero fundamentalmente a sí mismo.
Carácter, perseverancia y otros atributos del espíritu, sumados a la capacidad bio motora de cada uno, tampoco mitigan el efecto del tiempo, los ciclos y ritmos en los esfuerzos que hacemos rumbo a una meta.
El deseo humano de facilitarnos los resultados invisibiliza el valor de los procesos y resta al logro su valor intrínseco.
Hoy, es habitual hacer cumbre en el Everest, montado en un helicóptero que deja a los escaladores en la cota cinco mil y conseguir la ambicionada selfie, mientras una fila de turistas espera repetir la ceremonia.
De alguna manera perdemos el valor del logro en tanto rito.
Así como no es inocua la diferencia entre apurar y respetar cada proceso vital, tampoco lo es depositar en herramientas externas basadas en IA que rompen tiempos, ciclos y ritmos, distorsionando nuestros procesos de aprendizaje y creación.
Ciertamente, los avances tecnológicos han permitido reducir esfuerzos y tiempos para conseguir logros, a la vez que nos van restando habilidades en la relación con la naturaleza, desde orientarnos por las estrellas hasta plantar lechugas.
Pero estos se referían al espacio del hacer.
Una cosa es ordenar datos en volúmenes y plazos ajenos a la capacidad humana y otro, es ingresar a capas más íntimas e inherentes al ser humano como las emociones, los sentimientos, los deseos, la reflexión que devienen de la prueba y error y que están en la base de todo proceso creativo.
Por otro lado, no olvidemos nuestra condición gregaria donde el lenguaje es una herramienta fundamental para nuestras coordinaciones, acuerdos y soluciones a exigencias que surgen de nuestra vida en comunidad.
Desde normas sociales y morales a la repartición de los beneficios económicos.
Lo que antes, se acordaba en asambleas en que cada opinante era reconocido y conocido por el resto, hoy nos hemos transformado en fuentes de información con la que nos segregan y manipulan, hasta tomar decisiones que asumimos propias.
Será que estamos construyendo una versión paradisíaca donde no necesitemos desear, pensar, ni esforzarnos.
El paraíso de la IA.