“En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”, señala el Evangelio de Juan. En el Génesis, la voz divina ordena: “Haya Luz”, y la luz fue. En ambos textos, el universo nace de la palabra pronunciada.
Las cosmogonías de las tres grandes religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam— coinciden en reconocer en la palabra un poder creador.
Desde la antropología, también se afirma que lo que distinguió al ser humano del resto de los animales fue su capacidad para coordinar acciones colectivas. Ya fuera para cazar, defenderse o cooperar, la palabra fue y sigue siendo el recurso esencial que nos une.
Detrás de cada palabra hay un acto de clasificación y, por tanto, de separación respecto del todo. Este ejercicio de distinguir ha permitido el surgimiento de la reflexión y del pensamiento, motores del desarrollo humano.
Las palabras no son neutrales: crean y recrean realidades acorde a los poderes circunstanciales de los distintos grupos sociales
Nos asumimos como seres racionales, convencidos de que la razón es el camino para resolver nuestras diferencias. Pensar, decimos, es existir. Sin embargo, en ese pensar constante, nuestra mente se llena de ideas y ruidos que, como bien explica la neurociencia, nos apartan de la calma interior. La palabra, entonces, se convierte en un arma de doble filo: nos une y nos separa, nos clarifica y nos confunde.
“Sigue circulando la palabra”, enseñan algunas escuelas esotéricas, invitando a la reflexión viva. En los grupos carismáticos cristianos, se considera que el Espíritu Santo otorga el don de hablar en lenguas, una forma de comunicación que brota del espíritu más allá del entendimiento racional y que brinda descanso al alma.
En la Cábala, propia de la mística judía, se practican meditaciones sobre las letras hebreas que conectan las Sefirot del Árbol de la Vida o los setenta y dos nombres de Dios. Se busca alcanzar el silencio interior para conectar mundos superiores e iluminar la oscuridad: “Como es arriba, es abajo”.
En el sistema Biodanza, el silencio y el movimiento reemplazan a la palabra. La música, la mirada y el abrazo despiertan emociones profundas y activan nuestro sistema nervioso. En ese encuentro sin palabras, nos sentimos uno con los otros y con el universo. Por eso, en una sesión de biodanza no se comenta lo vivido: un abrazo basta para reconciliarnos con nosotros mismos y con el otro.
En las constelaciones familiares, la información recibida por quien consulta requiere silencio, tiempo y recogimiento para ser integrada.
Palabra y silencio, silencio y palabra: dos actos necesarios y complementarios, como la nota y el intervalo que juntos hacen la música. Pensar lo que se dice y no decir todo lo que se piensa sigue siendo una máxima esencial para cuidar nuestros vínculos y reencontrar la armonía perdida.