• 23 de Octubre

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[OPINIÓN] Quieren dinero

Por: Pablo Hübner


Durante los últimos días se ha sabido del escándalo de las licencias médicas que sirven como pasaporte para viajes al extranjero. Miles de funcionarios públicos, declarados enfermos, salen de paseo hacia nuevos destinos para saciar sus dolores. La maleta en bodega, la mochila bajo el asiento de la persona que va al frente, la oportunidad convertida en oportunismo. Cross check y reportar.

Más de 700 instituciones están siendo investigadas, entre ellas, la Ilustre Municipalidad de Puerto Varas, con 28 licencias médicas que incluyen viajes al extranjero. No se saben aún los lugares de destino, ni si el vuelo fue con asiento en

pasillo o ventana, ni si el almuerzo servido en bandeja fue pollo o pescado. Lo que sí se sabe es que estas ausencias tienen impactos, tanto para los equipos de trabajo, como para la comunidad. Lo que se investiga, en caso de ser efectivo, además de un abuso, es una vergüenza. Qué se puede opinar sobre la conducta de fingir enfermedad, manipular el sistema de salud, con o sin complicidad, para obtener beneficios propios financiados con fondos ajenos. La conducta delata una carencia que evidencia lo que en definitiva cada oportuno viajero representa: Credenciales de vocación pública diluidas en ambiciones privadas. La enfermedad falsa para viajes verdaderos es como una multiplicación de los Rojas Vade.

El trabajo en el mundo público tiene características especiales que no se replican en el mundo privado. Hay personas que trabajan en el mundo público que jamás podrían ganar lo que ganan en el mundo privado. Sus competencias formativas y de experiencias no son más relevantes que sus vínculos, simpatías y afinidades. Su aterrizaje a estos cargos se da luego de una larga carrera entre las fiestas, los matrimonios, los asados, las piscolas, los conversatorios, la presencia activa en  precisos grupos de whatsapp. Son los protagonistas y asociados en el universo del debate social, las arengas del “tenemos que” y “hay que”, mientras, la lista del supermercado sigue siendo propia, y cada quien tiene su propio arbolito de navidad.

Se suele decir que el primer acto de corrupción es asumir trabajos para los que no se está preparado. Pero, la verdad es que los cargos son como las sillas musicales. Los que pierden la candidatura, o se cansan de los cargos, se van a otras divisiones, que muchas veces nada tienen que ver con su experiencia. De luchadores sociales, voceros partidistas, cambiadores de la constitución, a encargados de seguridad, prevención de riesgos, de drogas, de lo que sea. La razón de su lugar no es otra que la de haber ganado una confianza sobre la cual rentar. Así, la confianza pasa a ser un activo comercial.

Se discute seguido sobre los montos de los sueldos y los beneficios asociados al cargo público. Que si los concejales ganan mucho o poco, que si el nuevo jefe de gabinete del municipio tiene un sueldo demasiado grande, que si los montos para la oficina de los concejales que se han usado como complemento para costear una oficina más grande, más cara, y útil para otros fines, es una práctica pertinente. Esto en la esfera privada es más pragmático. Lo que se paga a un trabajador debería ser menos que lo que ese trabajador genera para la empresa. Es decir, conviene. En el caso público, las conveniencias tienen otra medida, donde los beneficiados del servicio público suelen mirar desde el aeropuerto los aviones que para ellos no despegan.

El abuso tiene en su rostro una mueca, que es también una máscara. El buenismo bien intencionado convive con la crueldad de las reales prioridades. Primero yo, luego mis amigos, luego los amigos de mis amigos. Juntos, unidos, porque queremos lo mejor para todos. La corrupción es tan sincera como la miseria del abuso, el oportunismo, que hace de la confianza ganada entre unos pocos, un camino particular que puede ser también una carrera. Y una forma de vivir: La nueva ley de la selva. Caso convenios, caso Procultura, caso licencias médicas, los ejemplos abundan.

Si algo marcó la década pasada, con especial énfasis durante el estallido social, fue la crisis de confianza en las instituciones públicas. El caso de las licencias médicas para viajes particulares, más de 25 mil viajes, vinculado a más de 700 instituciones públicas, no hace más que recordar aquellos días. Pensar que esto se resuelve con más y mejor fiscalización olvida que la crisis moral es más profunda de lo que parece. Al parecer el problema sí era la dignidad.