“Las mujeres inteligentes aman a los hombre inteligentes más de lo que los hombres inteligentes aman a las mujeres inteligentes” (Natalie Portman, psicóloga y destacada actriz norteamericana, ganadora de varios premios internacionales, entre ellos, un Óscar).
Mientras que en los varones un mayor nivel de inteligencia aumenta notablemente las probabilidades de conseguir pareja, en las mujeres, la relación se da a la inversa: mientras más alto es su nivel y capacidad intelectual, más se alejan ellas de la posibilidad de encontrar una pareja que esté a la altura de su coeficiente intelectual.
En una investigación realizada por John Carney con más de 120 personas, que él tituló “¿Por qué los hombres inteligentes eligen a mujeres menos inteligentes?”, Carney explica que las motivaciones de los hombres a la hora de encontrar pareja se orientan hacia una mujer que: 1. Priorice su relación sentimental y 2. Que valore el proyecto familiar por sobre cualquier otro aspecto de la vida y, en esta línea, también habrían mujeres –generalmente las “no tan inteligentes”, según Carney– que estarían dispuestas a aceptar estas premisas en su relación de pareja.
Un estudio realizado por los psicólogos Lora Park, Ariana Young y Paul Eastwick arrojó que los “hombres se sentían atraídos por las mujeres inteligentes mientras estuvieran a una cierta distancia de ellas”, condición que cambiaba radicalmente cuando se encontraban con ellas frente a frente, en cuyo caso, las encontraban “física y emocionalmente menos atractivas” y optaban por alejarse de ellas. Dados los resultados de este estudio, no resulta tan fuera de lugar la frase que la madre de una brillante científica le dijo a su hija: “Hija mía, si quieres encontrar marido, no seas muy inteligente con el hombre que salgas”.
La misma línea de razonamiento destacaba Margaret Mitchell, autora del famoso libro “Lo que el viento se llevó”, cuando Scarlett O’Hara, la hermosa e inteligente –aun cuando muy caprichosa y manipuladora protagonista de la novela– escucha de parte de su nana la siguiente frase: “Scarlett: los hombres pierden muy rápidamente las ganas de casarse con una mujer, cuando comienzan a sospechar de que ella es más inteligente que él”. Puestas así las cosas, las mujeres estarían viviendo en una constante tensión: si son menos dotadas intelectualmente, son percibidas –por algunos hombres– como poco más que “objetos sexuales” y “amas de casa”, y si son mujeres inteligentes, son percibidas como una amenaza indeseable o como una suerte de “competidor” para ese puesto directivo al que también aspira el varón.
En este contexto, el seguimiento hecho por diversas universidades europeas a miles de mujeres durante más de 30 años, reveló que aquellas mujeres con un C.I. más alto que el promedio de la población, dedicaron mucho más tiempo de sus vidas a estudiar, a crecer profesionalmente y a preocuparse de desarrollar sus carreras, retardando, al mismo tiempo, la búsqueda de una pareja, optando, a veces, incluso por no casarse nunca.