Pocos días han pasado desde la elección presidencial y parlamentaria. El centro político, desde la hegemonía tradicional de la centro derecha y la centro izquierda, se percibe esquivo ante nuevas formas de poder. La sensación de fin de ciclo recorre partidos y liderazgos, reconfigurando el mapa político nacional y local.
¿Quién es Chile Vamos hoy? ¿Quién es Evópoli? ¿Quiénes son los movimientos sociales? ¿Qué es Transforma? ¿Qué es la Democracia Cristiana? ¿Qué son Amarillos? No parecen ser lo que fueron, ni logran proyectar con claridad lo que serán. ¿Es cambiar la identidad una forma de sobrevivir? ¿Dejar de ser es el nuevo ser?
Si lo único permanente es el cambio, también parece ser lo único estable. La representación se volvió esquiva, variable y condicionada por quien logra mayor elocuencia en lo popularizante. La construcción de acuerdos, antes necesaria para consolidar mayorías, cedió ante el magnetismo de la puesta en escena permanente. La política se volvió imagen. Sobran dientes y faltan palabras.
El personalismo es ahora marca personal. Lo colectivo queda subordinado a nuevas formas de fama. Eso explica la presencia constante de cámaras y registros convertidos en bitácoras promocionales, también que las cuentas personales tengan más incidencia que las instituciones que representan. Y en muchos casos, ni siquiera son los propios representantes políticos quienes las administran. Pero, como dice el dicho, no hay que dejar que la verdad arruine una buena historia.
Mientras tanto, el clima social se presenta inestable. Chile despertó, cambió, se transformó, volvió a cambiar. Las palabras corren más rápido que los hechos. El viento sopla por la fuerza del aliento. El rating manda. La búsqueda de mayorías se asimila a un concurso de simpatía. La modernización, el acceso masivo al consumo, generan nuevas formas de persuasión. Estar confundido pasó de moda. El silencio perdió su gracia. El criterio de acuerdo se llena de afectos vacíos, mientras suda exceso de confianza, ajeno al rol fundamental de la duda.
No era el apruebo, ni la dignidad, ni el rechazo, ni la política turquesa, ni la política de los acuerdos, ni la deliberación participativa en mesas territoriales. No era ni la izquierda, ni la derecha, ni fachos, ni comunachos. La confianza lúcida hace de los argumentos un elemento más, en el marco de una respuesta ante la frustración y la desolación. El individualismo cruje ante la demanda de querer ser escuchado, aceptado, comprendido, integrado. Nunca la diversidad tuvo tanto uniforme.
Las militancias se bifurcan según personalismos que dicen portar liderazgos delegados, luego de luchas internas que dejan heridos y silencios. Llantos en grupos internos de whatsapp reconocen los dolores. La relevancia de lo irrelevante confundió la escena, mientras la seguridad se transformó en el vehículo más efectivo y concreto. La cuota de certeza. Más que un problema real, que lo es, se moviliza como el retorno simbólico al origen del sentido de vida en sociedad.
La política del péndulo se repite una y otra vez, tanto a nivel regional como nacional. Mientras, Puerto Varas advierte la ausencia de nuevos liderazgos con creciente asombro. Los llaneros solitarios incluso perdieron el caballo, el sombrero y el poncho. El país y la comuna viven una nueva era. Río revuelto, ganancia de pescadores. Malos días para los peces. El relato ya no importa.