Cada vez hablamos más de la importancia de conservar el suelo. La erosión, la pérdida de fertilidad, la desertificación y la escasez de agua ocupan un lugar creciente en la conversación sobre el futuro de la agricultura. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez nos hacemos: ¿tiene sentido seguir exigiéndole más al suelo para producir alimentos que nunca serán consumidos?
Hoy sabemos que el suelo es un recurso finito. Formar apenas un centímetro de suelo fértil puede tomar cientos de años, mientras degradarlo puede ocurrir en pocas temporadas, como lo hemos visto en este temporal que ha afectado al país. A ello se suma la presión sobre el agua, indispensable para la producción agrícola. En este contexto, resulta difícil justificar un sistema alimentario que sigue produciendo más de lo que aprovecha.
El problema comienza mucho antes de que los alimentos lleguen a nuestros hogares. Según la FAO, cerca del 13% de los alimentos producidos en el mundo se pierde entre la cosecha y el comercio minorista por deficiencias en almacenamiento, transporte o infraestructura. Otra parte importante se desperdicia en comercios, restaurantes y hogares. El resultado es que más de 1.000 millones de toneladas de alimentos terminan desechadas cada año, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Cada una de esas toneladas representa mucho más que comida perdida. Es suelo, agua, energía, trabajo humano y biodiversidad destinados a una producción cuyo propósito nunca se cumplió. Cuando aceptamos como normal producir alimentos que terminarán perdiéndose, también normalizamos un uso ineficiente de recursos naturales.
Además, los alimentos desperdiciados suelen acabar en rellenos sanitarios, donde su descomposición genera metano, uno de los gases de efecto invernadero más potentes. Chile conoce bien esta realidad: el relleno sanitario Loma Los Colorados fue identificado por PNUMA como el mayor emisor antropogénico de metano del mundo.
La paradoja es evidente. Exigimos cada vez más el suelo para producir alimentos que, en una proporción importante, nunca serán consumidos. Luego los desperdiciamos, generando emisiones que aceleran el cambio climático, el mismo fenómeno que degrada los suelos que buscamos conservar.
Conservar el suelo no consiste únicamente en promover mejores prácticas agrícolas. También exige hacer más eficiente el sistema alimentario: reducir las pérdidas desde el origen, fortalecer el rescate de alimentos aptos para el consumo y valorizar los residuos orgánicos inevitables. Porque el verdadero desperdicio no comienza en el basurero, sino cuando aceptamos que parte del suelo, el agua y el esfuerzo invertidos en producir alimentos termine enterrada.