• 20 de Octubre

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¿Quién obtuvo el primer premio Nobel de literatura para Latinoamérica? ¿Fue Gabriel García Márquez? ¿Pablo Neruda? ¿Miguel Ángel Asturias? No, ninguno de ellos, aunque lo lograron después. Fue una mujer chilena. La primera de todos. Una mujer campesina y maestra rural autodidacta llamada Lucila Godoy Alcayaga, aunque el mundo la conoció como Gabriela Mistral.

En México alrededor de 1200 escuelas llevan el nombre de quién en 1945 contra todo pronóstico viajó a Suecia para recibir su premio Nobel.
La escritora e historiadora Patricia Cerda hace gala de sus habilidades combinadas en esta biografía novelada. Con un estilo equilibrado y prosa fluida cuenta la vida de la mujer detrás del personaje, la de Lucila más que de Gabriela. Rescata su voz interior, filosófica y política, retratándola más allá del mito o la estatua escolar.

La novela explora las distintas dimensiones y etapas de la vida de la poeta a través de capítulos cortos y se sitúa en el marco de su última visita a Chile, la de la despedida definitiva, para desde allí saltar en el tiempo hacia sus recuerdos nostálgicos. Así van desfilando sus alegrías y aflicciones. Sus amores y sus pérdidas terribles. Los rasgos de su carácter complejo. Sus convicciones políticas y su visión del mundo. Su resiliencia y tenacidad de joven autodidacta, para llegar a ser maestra sin tener los estudios formales. Y cómo fueron naciendo los versos que le dieron su grandeza.

Lucila fue elquina de corazón, campesina amante de las huertas, autodidacta notable, depredadora de los libros (dijo que “las bibliotecas que yo más quiero son las de provincias, porque siendo niña me faltaron los libros”), visionaria, mestiza (consciente de sus raíces), peregrina (vivió en 7 países y recorrió muchos más), madre sufriente de Yin Yin, nostálgica de su tierra, embajadora latinoamericana, cónsul de su país, amiga de Stefan Zweig, maestra de vocación y, por cierto, poeta inmortal.

Ya investida de su personaje de Gabriela, enfrentó la envidia y la antipatía de muchos. Envidia de varios de sus colegas literatos (ella les decía “los mastines rabiosos”) y la antipatía provocada por sus opiniones. En esos tiempos no se concebía a una mujer librepensadora e independiente. No le gustaba la izquierda, especialmente aquella cercana al comunismo soviético. En un gesto consecuente se negó a recibir el premio Stalin. Tampoco era del gusto de los conservadores porque ella decía que era necesaria una reforma agraria que llevara justicia a los pobres del campo. En ese sentido fue visionaria en sus anhelos de justicia social.

Es conocida su amistad con quién fuera presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, aquel cuyo lema era “gobernar es educar”. También fue cercana a Eduardo Frei Montalva, a quién no alcanzó a ver presidente, pero que ella deseaba que lo fuera, y que fue el que hizo la reforma agraria y otras grandes obras de justicia social que ella había soñado.

Ella, que conoció tanto mundo, siempre tuvo una relación especial y hasta conmovedora con la tierra de su infancia --“Se me han quedado los gestos de aquí. La forma de partir el pan y de comer los higos y las uvas”.

Fue una niña elquina que salió al mundo para hacerse a sí misma y contra viento y marea voló muy alto, sustentada por las alas mágicas y enormes de su maravillosa poesía.