Ignatius Reilly, el personaje central de esta conjura, a quién si existiera en la realidad no me gustaría para nada conocer, viene en todo caso a llenar una celda media vacía en la literatura. Este odioso antihéroe, a su manera y luego de diez años como estudiante en la Universidad, siempre viviendo a costillas de su madre y con 30 años a cuestas, lucha por un mundo mejor. Quiere hacer los cambios desde su puesto de combate, que no es otro que su dormitorio.
Ignatius no se ve obligado a compartir con una sociedad a la que desprecia y a la que quiere cambiar instaurando un dudoso nuevo modelo. Y pontifica, descalifica, emplaza y hace picadillo a lo que se le atraviese por delante. Digamos, que está por encima del bien y el mal, por eso dice: “Sólo me relaciono con mis iguales, y como no tengo iguales, no me relaciono con nadie”
No obstante, en algún momento tendrá que salir a las calles de Nueva Orleans en busca de trabajo para poder colaborar con los gastos de la casa, ahora aumentados para financiar ciertos daños causados por su madre en un accidente vehicular mientras conducía borracha.
Por estas páginas desfilan para nuestro disfrute quince a veinte personajes, muchos de ellos prototipos de gente que pueden recordarnos a algunos que conocemos o que alguna vez conoceremos y que están muy bien caracterizados.
A través de la voz de Ignatius, el autor se las arregla muy bien para criticar la sociedad de consumo, el capitalismo y las instituciones, con un estilo políticamente incorrecto, provocador, ácido y con agudos toques de humor.
Tras terminar La Conjura De Los Necios, John Kennedy Toole no encontró editor que la publicase. Esto le causó una profunda depresión que le condujo al suicidio. Gracias a la perseverancia de su madre hoy podemos disfrutar de esta obra galardonada con el Premio Pulitzer.