La relación entre el vino y la palabra escrita viene de muy antiguo. A veces, para dejar evidencias no muy agradables para los protagonistas. Por ejemplo, la primera borrachera por todo lo alto de la que se tiene conocimiento escrito, estuvo a cargo de un tal Noé. Así lo consigna el Génesis, el primer libro de la Biblia, que señala: “Noé, se dedicó a cultivar la tierra, y plantó una viña. Un día, bebió vino y se embriagó, quedándose desnudo dentro de su carpa”. Así fue. Tal vez de aquí viene eso de “agarrarse una borrachera de proporciones bíblicas”.
También hay constancia escrita sobre unas bodas que hubo en Caná de Galilea, muchos años atrás, donde se acabó el vino en plena fiesta, ante la vergüenza de los padrinos y la seca angustia de los invitados. Está consignado que esta grave emergencia fue rápidamente solucionada por alguien a quien admiro y aprecio mucho (con todo respeto). No pude averiguar si los vinos repuestos eran de la misma calidad y categoría de los que se habían acabado.
Y así, hay muchos ejemplos y testimonios que el vino que genera el placer de los sentidos, y los libros (la literatura) que produce el placer de la mente y el espíritu, suelen estar ligados y dan una sabia y saludable (aunque puede ser discutible) comunión.
Y por eso, es difícil que algo como una cata de vinos registrada por escrito en la forma de cuento o relato, pueda ser pasado por alto por alguien como este humilde lector, que le gusta leer y le gusta el vino, aunque pocas veces al mismo tiempo.
Vamos al grano, o más bien a la copa. En este relato de Roald Dahl, muy bien contado, recorremos viñedos, conocemos tipos de vinos, saboreamos (casi) suculentos platos, vivimos sucesos en torno a una mesa de los que es mejor no decir nada, salvo que habrá una inquietante apuesta en torno a identificar vinos de excelencia. Más vale leer “La Cata” y disfrutarla en vivo y en directo.
Lo de la cata y las apuestas para identificar el vino que se disfruta es algo que conozco bien, porque para mi cumpleaños número 45 (no voy a decir cuántos años atrás) hice una cata a ciegas con premios para los amigos y amigas asistentes, con seis vinos por identificar (entre ellos un excelente Malbec argentino del valle de Uco que nadie pudo reconocer, un Carmenere del valle de Colchagua, un Syrah Marqués de Casa Concha, que era un manjar y un vino de caja trasplantado a botella, (un cartoné) incorporado como el punto seguro para todos los competidores (que mayoritariamente tampoco fue identificado).
A pedido de los perdedores, (en realidad por unanimidad), tuve que repetir la cata en los cumpleaños posteriores, hasta que me salvó la pandemia. Pero los premios en disputa de esta cata cumpleañera, no tenían nada que ver con el tamaño y la trascendencia del premio de la apuesta que se desarrolla en el relato de este señor Dahl.
Sólo queda decir ¡Amantes del vino uníos! ¡Salud!...Pero, cuidado con las apuestas.