Basta leer esta novela para entender por qué le otorgaron el Premio Nobel de Literatura a Han Kang. Poseedora de un estilo llamativo, de una prosa poética y profundamente sensible, la surcoreana se ha ganado un merecido sitial de prestigio en la literatura contemporánea. Y le agradezco que con este libro y probablemente otros a futuro, pueda conocer algo de la historia de su tierra, tan lejana en lo físico, pero tan cercana en lo humano.
En la trama conecta una historia íntima de amistad entre dos mujeres con un drama histórico y un trauma colectivo de todo un pueblo.
Han Kang pone al desnudo la pugna entre las fuerzas del olvido conveniente, contra las de la memoria y de la búsqueda incesante de la verdad que se niega y que sigue doliendo hasta el último día. Así logra la universalidad, porque esa búsqueda coreana es un dolor de toda tierra, presente también en Chile, en Argentina y otros lados.
Resalta la capacidad infinita de describir y sentir a la naturaleza y al clima, especialmente la nieve, --parte de la narración sucede en medio de una tormenta --. Este arte, basado en una sensibilidad notable y un talento especial para la observación de las cosas, puede llegar a ser agobiante por acumulación, y es un aspecto que frena un tanto la lectura, la hace demasiado contemplativa y le quita fluidez. Así, por ejemplo, la descripción de algo aparentemente sencillo como la llama de una vela, se transforma en algo hermoso, pero extenso. Naturalmente, es sólo mi opinión.
Veamos de qué trata la novela. El comienzo nos relata que Gyeongha, una escritora de Seúl recibe la llamada de su amiga Inseon, quién ha sufrido un accidente. Inseon le pide que viaje a la isla de Jeju para alimentar a su cotorra. Este viaje, en medio de una tormenta de nieve, se va haciendo muy complejo al llegar a la casa de su amiga, a medida que se sumerge en una investigación en que a través de fotos, archivos, cartas y recuerdos aparecerá una historia familiar con un terrible pasado.
De este modo nos trasladamos a la médula de uno de los episodios más oscuros de la historia surcoreana: la masacre de Jeju iniciada en 1948 tras una insurrección en la isla contra el gobierno surcoreano. La represión militar fue brutal y dejó más de 30.000 muertos, además de aldeas incendiadas y miles de familias destruidas. Luego vino el olvido y el ocultamiento.
Es así como “Imposible decir adiós”, tiene este título que representa muy bien el sello de la resistencia, del empeño por mantener la memoria a todo trance, en que la literatura sirve como impulsora en la búsqueda de la verdad de lo que pasó, de iluminar allí donde hay oscuridad y que puede contribuir a la sanación de todo un pueblo.
Porque eso se consigue, cuando por fin, las víctimas puedan volver a tener voz.