• 18 de Agosto

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Si un libro lleva más de cien ediciones algo debe tener. Demoré muchos años este reencuentro con Gracia y el forastero, un clásico de la literatura chilena y una novela adolescente para todas las edades. Junto a “Palomita Blanca”, “Hijo de Ladrón” y “La vida simplemente” conforman un grupo selecto de novelas chilenas juveniles del siglo XX.

Además, esta Gracia y el forastero, escrita en 1964 está dentro de las lecturas recomendadas en los planes escolares y así, ha acompañado a varias generaciones.

Un padre viudo, contador en un pueblo chico de la costa chilena, allá por los años 60 del pasado siglo, se empeña en darle lo mejor de lo poco que tiene a su hijo Gabriel. Un día aparece en plan vacaciones, un compañero de colegio ahora convertido en general del Ejército. Viene acompañado de su preciosa hija, que se llama Gracia.

Gabriel y Gracia de a poco se van enamorando. Gabriel reconoce en Gracia una copia viva de un poster que tiene en su pieza, que es una adaptación de la pintura de “Madame Henriot”, de Renoir (la busqué y es preciosa). Y así, convierten un idilio de vacaciones, en un amor definitivo y completo, en que dos almas se encuentran y se funden en una sola.

Pero es un amor imposible. La condición social y el rechazo del padre general, son para los enamorados una barrera infranqueable. Además, Gracia ya tiene un novio designado por su padre.

¿Qué harán los enamorados para salvar su amor y evitar la separación ineluctable?

La prosa de Guillermo Blanco es poética y emotiva, y nos lleva a la intimidad de los protagonistas, desde la perspectiva de Gabriel. Logra que uno se conecte con él, con sus circunstancias y las complejidades que le presenta el mundo a esa corta edad cuando, ya sabemos, todo es más intenso y total.

Una gran novela, breve, de apariencia simple, pero compleja y conmovedora. A nadie se le olvidará Gracia, después de haber leído este libro corto de páginas, pero largo de emociones.