• 21 de Octubre

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“Soy ateo. Soy anticlerical. Soy un laicista militante, un racionalista contumaz, un impío riguroso. Pero aquí me tienen, volando en dirección a Mongolia con el anciano vicario de Cristo en la Tierra, dispuesto a interrogarle sobre la resurrección de la carne y la vida eterna”. Nada mejor para describir este libro, que lo consignado en la primera página por su autor, Javier Cercas, notable escritor español, autorizado por el Vaticano para que libremente escriba sobre el papa Francisco.

Se puede decir de este libro que es especialmente apto para quienes sufren de fe oscilante o cuyas almas son víctimas de la batalla entre la razón y la fe. A los creyentes cristianos en general y católicos en particular les encantará saber más de la Iglesia, de lo que se teje en el Vaticano, de lo que es la Curia, el Sínodo o la inculturación.

A los ateos, conocer de un papa que dejó su huella en los albores de este siglo XXI, desde su forma de vivir la fe y desde las reformas que logró introducir en la institución más antigua que va quedando. Puede que no les haga sentido gran parte del libro, pero si logran llegar al final tendrán su recompensa cuando contemplen desde las palabras el encuentro notable entre el ateo sin Dios y el loco de Dios que llegó desde Latinoamérica a sentarse en la silla de Pedro.

¿Quién fue Bergoglio? Era un anticlerical declarado y militante, que una vez papa eligió ser llamado Francisco porque ese santo de Asís era quién lo podía ayudar en la lucha contra la soberbia incluida la propia, el pecado que más detestaba. Cuando salió humo blanco y se supo quién era el papa un diario colombiano tituló la noticia con un oxímoron notable: “argentino, pero modesto”.

No obstante, Francisco con su humildad, austeridad y otras virtudes, también tenía sus deslices propios del Bergoglio de otra época, cuando su temperamento y ambiciones provocaron que fuera castigado y enviado a Córdoba en su vida como jesuita. Algunos de esos errores provocaron dolor, como cuando visitó Chile y frente a los micrófonos llevado por el temperamento que toda su vida intentó domesticar, hizo una defensa temeraria, imprudente y desinformada de un obispo encubridor de pedófilos. Después rectificó, pero el daño ya estaba hecho.

Tal vez por eso, una de sus primeras definiciones como papa fue decir que sólo era un gran pecador. O sea, dentro de Francisco, un ser extraordinario, estaba Bergoglio que no era ni más ni menos que un hombre normal y corriente, como cualquiera de nosotros. Pero todo indica que fue un cristiano de verdad, sentado en la silla de San Pedro, lo que no es fácil.

No es un libro para entretenerse y pasarla bien. Es en varios pasajes plano y lento, aunque de prosa bien cuidada. Su valor radica en que es un libro para meditar, y en las conversaciones del autor con los personeros del Vaticano, un ejercicio de teología y de reflexión, que indefectiblemente saca al pizarrón con la certezas o incertezas propias, incómodo por lo que nos obliga a analizar.

Como dice Cercas, lo de la promesa de la resurrección de la carne y la vida eterna es un escándalo. Y tal vez por eso, ha sobrevivido por siglos. La razón dice que es imposible. ¿Pero, y si lo imposible es cierto?