Hay una frase de Jorge Luis Borges que suele resonar en los momentos difíciles. "Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos hubiera costado ser más buenos". En la voz y en el silencio se conserva un ímpetu que tiene la emotividad lúcida de estar vivo. Y la búsqueda de demostrarlo. Ser parte, y tener una parte que decir. El intento remite a la oralidad, ahora vigente en ágoras digitales, brillantes, confusas y decadentes, como la caverna de Platón después del fin del fuego y la prolongada era de la ceniza.
Termina un periodo presidencial marcado por el estallido social, los procesos constituyentes, la pandemia. También por la relación entre movimientos y partidos políticos, las décadas que forjan la trama generacional y la lluvia de relatos. Nunca el lenguaje se usó para tanto, y sirvió para tan poco. Palabras con fecha de vencimiento. Apenas alcanzó para entender que no siempre con palabras alcanza. Entre decir, ser y parecer, está la relación reveladora con los hechos y los datos, la categoría de la evidencia.
Este 2025 no sólo es fin de año, sino que además es el fin de un ciclo político. Esto corre tanto para la derecha como la izquierda, indistinto de quien gane la elección presidencial este domingo. Siempre la elección presidencial y parlamentaria recuerdan la otra elección, alcalde, concejales, cores, gobernador regional. En su conjunto cierran el ciclo, luego de años de constantes y complejos procesos electorales. Las historias se hacen entre aplausos y frustraciones. Momentos que delatan esa letanía de querer ser, y no ser, como una forma de vivir para no morir. Es como la declaración el día después de la elección de quienes perdieron la parlamentaria. A modo de fotocopia, declaran: los resultados no son los que se esperaban, pero le agradecen al mundo luego de la derrota. Una ternura que comparte abrazos y apretones de manos con los pactos rotos, que entre sus trizas, revelan la extraña unión que puede profundizar una traición.
Puerto Varas despide también un ciclo y deja, al menos por el momento, un relato que era también un diagnóstico y un trampolín. Esta idea de que el pueblo unido avanza sin partidos, que los políticos convencionales ya tuvieron su momento, incluso, la pretensión de una superioridad moral basada en la ausencia de experiencia como garantía de resultados. Más allá de los aciertos y de los errores, todo parece indicar que con el paso de los años, la necesidad de saber trabajar con quienes sea necesario es más relevante que ver quién va ganando y quién va perdiendo. Un espejo prestado no cambia el rostro de quien lo solicita.
En muchos casos es más fácil confiar en el piloto que ya conoce la experiencia de chocar el auto. Si algo tiene el error, el fracaso, la desilusión de haber creído que las cosas serían de cierta forma, pero no resultaron así, es que también, con toda su desgracia, termina siendo el abono de la huerta. Más profundo es el acento cuando el reconocimiento es un tema tanto personal como colectivo. Reconocer errores es parte de saber sacar las cuentas y ganar la experiencia, siempre tan fértil para la mejora. Esto corresponde a una necesidad ética y moral de todos los sectores políticos.
La historia de los héroes y los villanos descansa de su desgaste. El fin de una era es también el fin parcial de un relato, en que los matices de la moderación son también una forma de pragmatismo particular. Una causa propia, que se hace común, en tanto, popular. Ni la pluralidad de la izquierda ni la de derecha unifica más que una categorización de soluciones tangibles ante el sentimiento de urgencia. Confiar en la calidad de la respuesta. Un proyecto. El valor de lo posible en la medida de lo real. Nunca se trató de estar a favor o en contra de la dignidad, de la nueva o la otra nueva constitución, ni del bautismo de la revuelta, entre estallido social o estallido delictual. Ni si se habla de ultra derecha o ultra izquierda. Tal vez fue la simple ausencia de capacidad de comprensión del momento y su conjetura pendular. Y las ganas de subirse al carro, sin siquiera saber cuál es el carro, desde otro carro. Ese afán, tan propio de la ignorancia, de querer dotar de nombre y sentido a lo que no se comprende, siempre lo antes posible y siempre, sin importar si es correcto o no. Tropezar corriendo por no saber caminar no es culpa del camino.
El fin de año en Puerto Varas obliga a una reflexión y un balance. Sacar las cuentas. Como diría en GPS: Recalculando. Y transparentar. Lo bueno, lo malo, lo feo y lo raro, el western de la vida. Ante el arte de la consecuencia, antesala de cualquier evaluación, corresponde aceptar que los cargos de representación, en su ejercicio y postulación, son también oportunidades del viaje transitorio y pasajero hacia quienes verán pronto el legado. Vivir sabiendo que la muerte es parte de la vida facilita el camino de una comprensión inevitable que es tan necesaria para el mejor entendimiento de la comuna y su gente.