En los últimos años, nuestro país se ha convertido en un lugar con muy mal carácter, donde las respuestas agresivas y violentas ante el menor problema, disgusto o molestia están a la orden del día: una adolescente de 17 años manda asesinar a su madre contratando –como sicario– a otro adolescente de 17 años por $90.000, porque su madre se oponía a la relación sentimental con su pololo; los conductores en las calles se agreden y se atacan con sus respectivos vehículos sin medir las consecuencias; los clientes se enojan con los vendedores de las tiendas; los trabajadores se indignan y se molestan con sus jefes; los pacientes y sus familiares atacan y golpean al personal médico en hospitales y clínicas; los estudiantes agreden con violencia a profesores y compañeros de curso, etc.
En rigor, observamos, con estupor y desconcierto, que en las personas desaparece –como si nunca hubiera existido– todo atisbo de respeto, cortesía o deferencia y, en su lugar, afloran los instintos más bajos, salvajes y primitivos.
El ritmo acelerado de la vida moderna, el estrés acumulado debido a problemas laborales, económicos, familiares y de pareja, los efectos agobiantes de una delincuencia que atemoriza a la población con actos cada vez más violentos y despiadados, los diversos problemas que afectan a la salud y la calidad de vida de las personas, etc., tienen mucha relación con las actitudes agresivas y las explosiones de ira que vive nuestra sociedad.
Los investigadores John Hagan de la U. Northwestern y Holly Foster de la U. Carnegie-Mellon, plantean la hipótesis que las consecuencias de la exposición diaria a la violencia –especialmente con los adolescentes en sus familias de origen– aumentan los riesgos que conducen a problemas conductuales y de salud mental, tales como rebeldía, conductas anti sociales, severos trastornos del ánimo, pensamientos suicidas, etc.
El análisis de los datos entregados por un “Estudio Longitudinal de Salud de los Adolescentes” realizado en EE.UU. reveló que la violencia en la intimidad de los hogares de los adolescentes los ha conducido a experimentar diversos síntomas depresivos, consumo de alcohol y drogas, a entrar en constantes riñas y peleas con armas de todo tipo, a desertar de las escuelas, a huir de sus hogares e ingresar al mundo de la delincuencia. Otro aspecto peligroso de vivir en medio de la violencia, es el “contagio emocional” y el aprendizaje de conductas violentas por parte de niños y jóvenes como la única forma de “resolver los problemas” o “ajustar cuentas”.
Una muestra de una conducta delictual despiadada la constituye el reciente y trágico asesinato de un niño de 12 años, perpetrado por una banda criminal juvenil dedicada a realizar “tours delictuales y encerronas”, banda que luego de una de estas encerronas, obligó violentamente a la familia a bajar del automóvil y sin importarles que el niño de 12 años había quedado atrapado por el cinturón de seguridad, aceleraron y lo arrastraron por cerca de tres kilómetros, sin importarles en lo mínimo los gritos desesperados y de dolor del niño, causando su muerte de una manera extremadamente violenta y brutal. Dos menores de 17 años eran parte de esta banda criminal, la que no tuvo piedad alguna.