Al evaluar la salud de una persona mayor en Chile, la práctica médica suele centrarse en un modelo biomédico muy marcado e instalado en la red asistencial. Sin embargo, en la práctica gerontológica actual existe una variable de salud tan relevante y significativa, que la bibliografía científica ya lo denomina como el “sexto signo vital”: La velocidad de la marcha. Es decir, la velocidad a la que camina una persona es un parámetro verídico de la vitalidad del sistema nervioso, muscular y cardiovascular. Solo con el hecho de evaluarlo y conocerlo, podríamos tener una claridad acerca del estado del sistema Neuromuscular-Cardiovascular en una persona mayor.
La evidencia es categórica acerca de los parámetros y valores de esta variable. Una velocidad de marcha menor a 0,8 mts/seg. —el punto de corte recomendado por el Grupo de Trabajo Europeo sobre la sarcopenia— actúa como valor límite inferior en la valoración geriátrica de esta variable, reflejando la transición hacia la sarcopenia y fragilidad física.
En nuestro país, los análisis derivados de la Encuesta Nacional de Salud (ENS) revelan una realidad preocupante pero modificable: las personas mayores que presentan una marcha lenta tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar deterioro cognitivo y demencia en comparación con quienes mantienen un paso normal.
Caminar más lento no es una situación aislada; es un aviso prematuro de que el sistema neuromuscular están perdiendo conectividad y reserva funcional. Una velocidad disminuida puede predecir el riesgo de caídas, la pérdida de la independencia en el hogar, aumento en ingresos hospitalarios y, en última instancia, una mayor mortalidad, por lo tanto, debe ser medido como un parámetro de morbi-mortalidad en personas mayores, al igual que la toma de presión y glucosa en sangre.
Lo positivo del asunto es que, a diferencia de otros marcadores biológicos, esta variable clínica es una acción que no requiere exámenes de alto costo: basta un cronómetro, una cinta métrica y cuatro metros libres en un pasillo, para identificar de manera temprana a una persona mayor en riesgo de perder su funcionalidad.
Como profesionales de la salud, nuestro desafío en el Chile actual —un país que envejece a pasos agigantados— es visibilizar este parámetro. Debemos transformar la velocidad de marcha en una medición obligatoria en los controles de salud y, de igual forma, educar a la comunidad. Mantener a nuestras personas mayores caminando de forma normal y segura a través del ejercicio de fuerza y el movimiento no es solo un asunto de movilidad; es defender directamente su salud cognitiva, su independencia y su calidad de vida.