Esta semana ha estado marcada por las agresiones que vivió la ministra de Ciencias en la inauguración del año escolar en la Universidad Austral de Valdivia. Las imágenes y su testimonio dicen demasiado: algo grave está pasando en Chile. No es un fenómeno que haya partido este lunes, ni terminará el próximo.
Desde hace un tiempo, mucho más de lo necesario, hablar de educación se transformó en hablar de seguridad. Una y otra vez surgen anuncios de nuevas amenazas, rayados en baños o mensajes por redes. La amenaza es un arma psicológica y nunca debe ser subestimada. Ante esto, las respuestas oficiales redundan en la instalación de detectores de metales, revisión de mochilas y el desarrollo de nuevos protocolos.
¿Funcionará? ¿Faltan realmente protocolos? Luego aparece el relato de que las sanciones son débiles, que las familias están ausentes y que la desolación genera una búsqueda de afecto que parece ser absorbida por el laberinto de las redes sociales y las pantallas encandilantes. Lo que ocurre en los establecimientos educacionales no es más que el reflejo de lo que sucede fuera de ellos: en cada casa, en cada calle y en cada ciudad. Se percibe un extravío existencial y, en consecuencia, una búsqueda, muchas veces delirante, de identidad. Un circuito de validación en medio del laberinto de la soledad. Huérfanos con familia extraviada al interior de la casa, con el televisor encendido, mil películas en streaming y la pantalla de los teléfonos saturando mensajes como si fueran una verdadera lavadora de mentes. Lo irrelevante se transforma en lo relevante.
Se habla de un individualismo exacerbado, infectado por un consumo abstraído de tecnología y marcado por las dinámicas de validación digital; relaciones de amor y odio donde la pantalla funciona como un espejo de quien la usa. Pero el ejemplo de los adultos es elocuente: basta ir a cualquier lugar, un café, el banco o una reunión, para observar cómo personas de todas las edades están absortas en sus dispositivos. El ejemplo es el único protocolo que realmente funciona.
¿Está Puerto Varas libre de este problema? Para nada. La política local es audiovisual. Basta ver el uso excesivo de las redes sociales por parte de las autoridades de distintos sectores: el fotógrafo profesional como escolta permanente; los entornos de las autoridades criticando y ofendiendo a quienes disienten, para luego irse a dormir como si nada; mucho video, mucho énfasis y mucho acento de convicción. Ladrillos de una épica que se arma y desarma como un lego. Existe, incluso, el desparpajo de hablar de lo que se hará antes de hacerlo, donde el anuncio de la acción pretende reemplazar a la acción misma. Una expectativa convertida en espectáculo, mientras la cordura, la moderación y el silencio se vuelven especies en extinción. Ya nadie trabaja en silencio. Y a eso se le llama estrategia.
La violencia se mueve en una gama de grises con múltiples matices. Basta estar en el taco diario para escuchar el insulto y la indiferencia de quien se "hace el loco" ante la cortesía mínima. O sintonizar la radio local y sentir el eco indignado de quien convierte su sensación de tener razón en un sentido de propiedad, disparando contra todo aquel que no comparta su visión alambrada, con garabatos incluidos. Mi hija pregunta: ¿por qué ese señor dice palabras feas?
Donde se ausenta el respeto y falta la empatía, la violencia ejerce su dominio. La "funa", los comentarios ofensivos y la crítica que convierte el menoscabo en justicia no hacen más que construir su propia jaula. El castigo público se percibe como un derecho social en un contexto donde tener la razón no significa nada, y creer tenerla parece serlo todo. La violencia del cuchillo, de la pistola, conversa con todas las formas de violencia.
Si algo tiene la capacidad de cambiar el mundo es el ejemplo. ¿Está Puerto Varas dando ese ejemplo? Por estos días sobran las palabras, las fotos y los videos; sobran el heroísmo solapado y la compra de los medios de comunicación masivos bajo el timbre de publicidad que se financia con una ágil compra y usando los recursos de todos. Las palabras se articulan y se estiran, las fotos encandilan tanto como las pantallas, pero no son superiores a los hechos. La verdad no cambia, más allá de las mentiras y de las ilusiones que crean villanos para permitir que existan los héroes. El respeto rima con la nostalgia que lo convoca.
Las escenas de violencia no son nuevas, pero sí marcan un límite. Puerto Varas no es ajeno a esto: lo saben los apoderados, lo saben sus hijos y lo saben las calles. ¿Cuánto más durará esto? ¿Cómo se termina? La respuesta es simple: más ejemplo, menos palabras. Los problemas se resuelven dando la cara, no el like.