Puerto Varas es una ciudad de contrastes. Quizás quienes hemos vivido aquí por años terminamos acostumbrándonos tanto a ellos que dejamos de observarlos.
Basta pensar en algunos establecimientos que cualquier puertovarino reconoce: el Colegio Germania del Verbo Divino, el Colegio Inmaculada Concepción, la Escuela Grupo Escolar, el Colegio Rosita Novaro y el PAC. No todos están uno al lado del otro, pero en una ciudad como la nuestra las distancias son pequeñas. En pocos minutos podemos pasar de un establecimiento a otro y, sin embargo, encontrarnos con experiencias educativas y realidades sociales profundamente distintas.
Quienes crecimos en Puerto Varas sabemos, además, que alrededor de cada colegio existen imágenes, expectativas e incluso prejuicios. A veces basta mencionar el nombre de un establecimiento para que aparezcan inmediatamente ciertas ideas sobre quién estudia allí, de qué familia viene o qué futuro probablemente le espera.
Y quizás deberíamos preguntarnos qué dice eso de nosotros como ciudad.
Porque el problema no consiste solamente en distinguir entre educación pública, subvencionada o privada. Es mucho más profundo. Desde muy temprano sabemos, aunque pocas veces lo digamos abiertamente, que algunos niños y jóvenes crecerán rodeados de más oportunidades que otros.
Oportunidades para aprender idiomas, practicar determinados deportes, viajar, acceder a actividades culturales, recibir apoyo académico o conocer desde pequeños posibilidades profesionales que otros tendrán que descubrir mucho más tarde. Pero también existen diferencias menos visibles: tener un espacio tranquilo para estudiar, contar con redes que orienten las decisiones futuras o simplemente crecer escuchando que llegar a la universidad, estudiar una determinada carrera o desarrollar un proyecto propio es una posibilidad real.
Lo llamativo es que todas estas diferencias conviven en una ciudad relativamente pequeña.
Algo parecido ocurre cuando pensamos en Puerto Varas más allá de sus colegios. Está la ciudad de la costanera, del lago Llanquihue, de los volcanes y de las postales que hacen que tantas personas se enamoren de este lugar. Es una imagen real y legítimamente podemos sentir orgullo de ella.
Pero también existe otro Puerto Varas.
El de quienes viven lejos del borde lacustre, en sectores donde la experiencia cotidiana de la ciudad es distinta. Basta desplazarse hacia Colón y otros barrios más alejados para comprobar que habitar una misma comuna no significa necesariamente vivir la misma ciudad. Podemos compartir pocos kilómetros de distancia y, aun así, crecer con accesos muy diferentes a espacios, redes y oportunidades.
No digo esto para enfrentar a unos puertovarinos con otros. Tampoco para cuestionar a las familias que, pudiendo hacerlo, buscan las mejores oportunidades para sus hijos. Probablemente cualquiera haría lo mismo.
La pregunta que me parece más importante es otra: ¿cuánto estamos dispuestos a aceptar que el punto de partida de un niño termine determinando hasta dónde puede llegar?
Ahí la educación adquiere una importancia que va mucho más allá de las notas o de los resultados académicos. Educar también significa ampliar horizontes. Significa que un joven pueda descubrir posibilidades que quizás no existen en su entorno inmediato, conocer otros caminos y sentir que determinadas oportunidades también están disponibles para él.
Una ciudad que crece como Puerto Varas debería hacerse esa pregunta con especial atención. Hablamos constantemente de desarrollo, turismo, nuevos proyectos, crecimiento urbano y de la capacidad de nuestra comuna para atraer personas. Pero el desarrollo no puede medirse solamente por cuánto crece una ciudad o por lo atractiva que resulta para quienes llegan a ella.
También debería medirse por las oportunidades que ofrece a quienes nacen y crecen aquí.
Quizás uno de nuestros principales desafíos está justamente en esas distancias tan pequeñas que separan realidades tan diferentes. En lograr que el colegio donde alguien estudió, el barrio donde creció o los recursos de su familia no definan anticipadamente el tamaño de sus aspiraciones.
Porque podemos caminar por las mismas calles, mirar el mismo lago y llamar hogar a la misma ciudad, pero eso no significa que todos hayamos comenzado desde el mismo lugar.
Reconocerlo no implica querer menos a Puerto Varas. Quizás sea precisamente porque queremos esta ciudad que vale la pena hablar de ello.