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"Óscar Castro, el amor a su esposa en medio de nuestra belleza natural" Por Rafael Piquer A. Investigador en Historia de la Región de Los Lagos

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Isolda: Hace un momento, caminaba solo por estas calles de Puerto Varas, que recorrimos juntos una vez, y pensaba con tristeza en ti. ¡Cómo pudieran tus ojos mirar por los míos y ver esta belleza tan antigua y siempre tan nueva que me rodea!

Carta de Óscar Castro a su esposa.

El recordado poeta y novelista rancagüino Óscar Castro (1910-1947), en su condición de profesor de Castellano del Liceo de Rancagua, vino más de una vez a Puerto Varas, como parte de la acostumbrada gira de estudios, que se hacía, por los años 40 del siglo XX, con los alumnos. Él, junto al director de dicho Liceo, eran los encargados de traer a nuestro sur a un grupo de estudiantes, en una gira que, abarcaba Puerto Varas y Valdivia. Y, en razón de ella, don Óscar debía permanecer varios días separados de su esposa Isolda Pradel y de su pequeña hija, generalmente en enero, cuando se estaba por terminar la actividad escolar, situación que daba pie a una correspondencia con la señora Isolda, en la cual las repetidas declaraciones de amor, iban acompañadas de un registro admirativo por la belleza natural de Puerto Varas y sus alrededores.

La delegación en la cual venía don Óscar, solía alojarse en el Gran Hotel Heim de nuestra ciudad, y una primera carta enviada a su amada (Puerto Varas, enero 19 de 1945), escrita en papel con membrete del hotel mencionado, dice, cuando comienza: “Isolda:

Estuve, hace un momento, mirando el Lago, solo en la soledad de la noche austral. Arriba, la Cruz del Sur, con su estrella pequeñita en la cual prometimos juntarnos. A lo lejos, la luna, roja por el humo de los incendios distantes que no consiguen, sin embargo, apagar la belleza de este cielo caliente de estrellas”.

Y, más adelante, luego de repetirle a doña Isolda cuánto la ama, don Óscar le señala: “Quisiera tenerte conmigo ahora, aquí mismo, junto a esta misma piececita clara en que te escribo, para que saliésemos como dos novios a vagar por esas calles que una vez conocieron tus pasos”. Para terminar con: “Mañana vamos a Ensenada y pasamos a Peulla.

Irás conmigo a través de los lagos y de los paisajes como un resplandor de emoción y de nostalgia. Te quiero”. 

Una segunda carta, también remitida desde el Gran Hotel Heim a su esposa, pero que no tiene fecha, aunque suponemos ha de ser, o la continuación de la que antes indicábamos o bien del año siguiente, 1946, comienza de la siguiente manera: “Isolda:

En este momento hemos vuelto de la Poza. El paisaje tenía la maravillosa belleza de siempre; pero yo me sentía solo en medio de todos…

Llega un momento, Isolda, en que uno desea compartir con alguien la belleza que ve. Me haces falta para no estar solo frente a la maravilla de esta tierra. Me hiciste falta en la travesía de los dos lagos. Sentí tu ausencia frente al volcán Osorno, frente al Puntiagudo, al Techado y al Calbuco que casi pueden tocarse al pasar junto a ellos”.

Una tercera carta, que parece ser posterior a 1945 – tal vez de 1946 –, escrita igual desde el Gran Hotel Heim a su consorte, y cuyo único indicio de fecha es miércoles 11, contiene lo siguiente, en el segundo párrafo: “Isolda:

Te escribo al regresar de una inolvidable excursión por el Lago Llanquihue. Habíamos llegado ayer a Puerto Varas, como te lo anuncié por telegrama, y nuestra primera visita, luego instalarnos en el hotel, fue para el Cerro Calvario, el mismo que tenemos en la fotografía que me mandó Raúl. La palabra humana es pobre, para traducir toda la enorme emoción que produce la perspectiva, que se ofrece a los ojos. Allá, cuando haga el recuero de todos estos sitios recorridos, procuraré plasmar esto que ha hecho arder devotamente mi sangre. Un día, Isolda, habremos de andar juntos por estos parajes en que la divinidad parece morar”.

Y, sigue en el tercer y cuarto párrafo con: “Santa Rosa se llamaba el vaporcito que nos llevó esta mañana por el Lago Llanquihue, rumbo a Ensenada. Partimos a las 9.15 de la mañana, con tiempo un tanto tempestuoso. Llovía a intervalos, pero esa cortina líquida – gasa o muselina – no era suficiente para borrar los reflejos grises, acerados, verdes o azules del agua que venía en grandes olas a romperse en la proa de la embarcación, la cual cabeceaba gravemente como un anciano soñoliento.

Al lado derecho, la vegetación era lujuriosa. Se veían colinas sembradas, amarillas, verdes, ocres. Y pellines y araucarias, y ulmos, y raulíes, y lingues. Por desgracia, el volcán Osorno escondía tras las nubes de acero su cabeza nevada. No lo he podido ver desde que llegamos, pero me imagino que mañana podré observar a este viejo amigo, si hay sol, como lo anuncia el barómetro”.

Óscar Castro falleció en noviembre de 1947, producto de una enfermedad y, durante enero de ese año había estado en Puerto Varas de gira con los alumnos. Así se terminó la correspondencia de un alma hipersensible a su muy querida esposa y ya la pluma dilecta no se despidió de ella, diciéndole:

“Que te vaya mi beso en estas líneas. Que me sientas en el latir de tu sangre y en el ritmo de tu aliento. ¡No me olvides!

Óscar.