A dos décadas de su creación, el Museo Pablo Fierro se ha consolidado como un refugio donde el arte, la memoria viva y el sentido de comunidad se entrelazan fuera de los márgenes tradicionales del patrimonio. Lo que en un principio comenzó como una casa abandonada, hoy se posiciona como un estandarte de la identidad puertovarina, un paseo obligatorio, un laberinto de recuerdos donde cada pieza tiene algo que decir, y un espacio que nos enseña que las bandurrias son mensajeras de lo divino, que debemos “arriesgar para volar”.
Todo este proyecto inició allá por el año 2006, cuando el espacio ubicado en la costanera de Puerto Varas y con una maravillosa vista al Lago Llanquihue y sus volcanes –que inicialmente era una planta de los servicios de aguas sanitarias del Estado, construida en el siglo pasado– fue entregado a Pablo Fierro por parte del municipio, con la idea de crear un museo. Y así fue, pero la realidad superó las expectativas.
En conversación con El Heraldo Austral, el artista comentó que los primeros cinco años fueron muy difíciles y que “más de una vez fui a decir (a la municipalidad) que no me iba bien y me dijeron: ‘que pena, era buena la idea’. Así que volví enrabiado y empecé a construir de a poco. En ese momento decía que en 20 años voy a tener una casa antigua, grande y que se va a poder entrar libre, como yo”.
Siguiendo con el relato, Pablo pensó que al principio “no iba a ser capaz de sacar todo esto adelante solo, sin ayudas, sin financiamiento, sin empresas y sin gobierno de turno. Era totalmente una semilla que tenía que crecer como un secreto. Y como estaba frente a un lago, empezó a crecer, empezó a venir más gente y me empezó a ir mejor”.
El pintor señala que un momento de inflexión se dio en el verano de 2012, un día de febrero, cuando por arte de magia el museo se llenó. “Oye fue impresionante, eran las doce la noche y la gente entraba y entraba. Ya eran la una y media y mi esposa me llama y me dice: ¿dónde estás? ¿Qué estás haciendo en el museo? Yo le dije que está lleno de gente y que me ha ido súper bien”, comentó Fierro, quien destacó que desde ese momento dejó de asistir a exposiciones en otras ciudades, y se dedicó a tiempo completo a mejorar su creación más especial.
Otro de los momentos importantes fue la pandemia. Según el artista, este periodo fue un antes y un después, ya que durante el confinamiento la casa estuvo cerrada por 8 meses consecutivos y luego reabrió con aforo reducido. Por ende, cuando las condiciones sanitarias se regularon, Puerto Varas y el Museo Pablo Fierro fueron uno de los principales objetivos turísticos, lo que se tradujo en una nueva oleada de popularidad, acompañado de un gran impulso que tuvo en redes sociales, especialmente gracias a youtubers que visitaron y difundieron el espacio.
“Mantente fiel a lo que se te fue encomendado. Esa es la fórmula para alivianar el corazón. Nada de lo que tocamos nos pertenece. Nuestra creación no es nuestra. Hay que crear con desapego. Cuida, ama y comparte con el mundo tu obra”, son algunas de las reflexiones expuestas en un escrito redactado por su creador.
Sin ir más lejos, hoy el museo es un espacio abierto, con entrada liberada. No cuenta con equipos de vigilancia ni pretende incluirlos, ya que es un lugar “basado en la confianza” y “creo en la magia”, agregó el pintor.
De esta forma, Pablo ha logrado crear un lugar donde los sueños se convierten en realidad. Actualmente la casa cuenta como diversas zonas: salón de clases, escaleras interminables, pequeña sala de cine, una proa de barco, reloj cucú, vehículos clásicos y piezas que pasaron de estar en el olvido a tener una segunda vida, una segunda oportunidad.
El futuro es incierto, pero en el corto plazo Pablo afirma que es probable que su esposa se integre a la administración del museo, ya que próximamente jubilará de profesora. De igual manera, enfatiza que sus hijas están grandes, por lo que también es probable que se unan a la aventura eventualmente.
“Todo es un riesgo. Siempre nos vamos a arriesgar. ¿Qué es lo que nos hace hacerlo? La pasión. El deseo de ser algo, que puede tener un costo, pero hay que arriesgar para volar, es la frase que va a ser recordada por este museo”, concluyó el artista.