Cultura

"Carlos Isamitt, pintor de nuestro paisaje" por Rafael Piquer A.

El Heraldo Austral

 Isamitt, como pintor, tenía muchos rasgos de su grupo generacional.Pero era más vigoroso, menos dado a delicuescencias. A.Romera, In Memoriam, Carlos Isamitt.

En febrero de 1917 – la edición del 22 –, para ser precisos, “El Llanquihue” de Puerto Montt trae una extensa columna, que registra la presencia del recordado pintor (discípulo de Pedro Lira, Julio Fossa Calderón y Fernando Álvarez Sotomayor) y músico chileno Carlos Isamitt A. (1887-1974) en nuestra ciudad. Su estada obedecía al deseo de pintar directamente el paisaje singular que, poseemos, – y en el cual no siempre reparamos –, cuando todavía no resultaba tan común ver a artistas de la zona central de Chile, venir a un pueblo como Puerto Varas sólo a pintar su inefable belleza.

 La nota en cuestión, de entrada, tiene una declaración de don Carlos al periodista (J.A.B.R.), en la cual es evidente el ser del maestro, de momento que dice: «Yo olvido todo, de mí mismo …, para poder entregarme de lleno a gozar del cuadro que mis ojos ven y mi alma siente en toda su intensidad…

En el Lago Llanquihue he contemplado, lleno de religiosa adoración los paisajes más bellos que se puede imaginar el cerebro humano».

 Para, luego, proseguir con: «He visitado el Lago [Llanquihue] durante las noches claras. ¡No hay nada más precioso!

 […] Yo estudio la naturaleza en todas sus manifestaciones; y algunas veces escribo esas impresio-nes, pero sin pretensiones literarias, sino para acordarme de la escena que ha causado mi arroba-miento, cuando comienzo a pintarla».

Y, terminar, don Carlos, ante la petición del periodista, por leer un pequeño texto escrito, una noche en que el artista recorrió solo en un bote el Lago Llanquihue, que señala: «¡Extraña noche! La luna se refleja en el lago, ningún ser humano me rodea. Frente a mí una incomparable y dulcificadora [sic] ilusión de quietud de todas las cosas.

El cielo se abre distante e infinito detrás de los volcanes. En las cumbres, alrededor de las bocas tormentosas y cálidas, todo se purifica y resuelve en una nota blanca de nieve. Nubecitas blancas se reflejan misteriosamente en el agua profunda… El lago, el cielo, el ambiente, todo está envuelto en la delicadeza de una trasparente goma de polvareda azul.

Calma, ni una onda, ni un ruido. Mi corazón se ha perdido. Ya nada soy. No siento el peso de la existencia ni un pensamiento, ni un deseo. La noche … Dios está dentro de mí…

 ¡Silencio de muerte y de tranquilidad!

Rompe la profundidad gris ultramarina, en glj-glj repentino, y luego el golpe de [ilegible] caída.

Una vida con ansias insondables. ¿En su ascensión de un instante ha podido ver el cielo y sus luminarias?

¡Hermano, hermano mío!, ¿acaso al hundirte de nuevo en la oscuridad has llevado en tus ojos una luz de infinito?

¡Ah!, que pueda yo también romper un instante las tinieblas que me rodean. ¡Dios mío!».

En síntesis, toda una declaración de amor por nuestro paisaje, en el verano de 1917, de parte de don Carlos, en el comienzo, para, acto seguido, mostrarnos cómo él pasa a experimentar una situación de “trascendencia”, al realizar un paseo nocturno, recorriendo el Lago Llanquihue.

Y, seguramente, todo ese empeño puesto en captar el paisaje del Lago Llanquihue, así como su esfuerzo por “vincularse”, por “fundirse” con la naturaleza que veía y admiraba, en dicha ocasión, ha de haberle permitido crear un trabajo pictórico en sí muy bueno, ya que al Salón oficial de 1917 (Santiago de Chile), se presentó en pintura, con las obras “Tarde” (Puerto Varas), “Amanecer” (Lago Llanquihue), “Lomajes” (Puerto Varas), “Un sendero” (Puerto Varas) y “Rancho” (Orillas del Lago Llanquihue), de las cuales, la titulada “Amanecer” (Lago Llanquihue), le hará acreedor de la Medalla de Oro.

Dos años después, don Carlos nuevamente estará en Puerto Varas pintando, pero expone su trabajo creativo en Puerto Montt (febrero, Club Alemán), y, nuevamente, habrá una pintura intitulada “Amanecer” (Lago Llanquihue), si bien, esta vez, sólo hay dos cuadros con temas del Lago Llanquihue: el mencionado “Amanecer” y “Noche de luna”. De este último, el comentarista de la exposición en “El Llanquihue” (febrero 9) expresa: «Nos detenemos ante el cuadro “Noche de luna”. Es un rincón del Lago Llanquihue. El cielo y el agua tranquilos, reina una calma poética, profunda como la infinita bóveda celeste, donde apenas brilla una estrella solitaria, que da majestad a la nitidez de la atmósfera. Invita a meditar, a poetizar; parece que el alma sola, errabunda, gozara con esa quietud que inspira recuerdos de un pasado que jamás vuelve, de alguna historia de intensa tristeza, que hubiera sido escrita con lágrimas nacidas de lo más íntimo del corazón.

¡Ah, la soledad tiene sus encantos!».    

En 1965 don Carlos Isamitt A. recibió el Premio Nacional de Artes Musicales, en razón de que también era músico, como se dijo antes, y muy destacado, pues, de acuerdo a la despedida que le hizo don Domingo Santa Cruz (“El Mercurio”, julio 8 de 1974), presidente de la Academia de Bellas Artes del Instituto Chile, a don Carlos, cuando éste fallece: «Con Isamitt desaparece uno de los dos sobrevivientes del grupo que podría denominarse como aquel de Francia, “los seis”, que inician en Chile el movimiento realmente serio de la composición musical: Enrique Soro, Humberto Allende, Alfonso Leng, Carlos Isamitt, Próspero Bisquertt, y Acario Cotapos».