[OPINIÓN] Relatos

Por: Pablo Hübner


¿Lo que se decía en Puerto Varas en la última elección presidencial es lo mismo que se dice ahora? ¿Qué cambió?  El país, sus regiones y comunas han vivido un ciclo de incertidumbre, inestabilidad y crisis. Muchos abandonaron grupos de WhatsApp, amistades y debates familiares por defender ideas que, con el tiempo, parecieron traicionar a sus propios defensores. Las pasiones del pasado han vivido el juicio del presente. El tiempo ayuda a que lo importante desvanezca lo superfluo.

Mirando por los espejos laterales del pasado reciente, tanto a la izquierda como a la derecha, se reafirma la advertencia: los objetos en el espejo están más cerca de lo que aparentan. Lo que se critica, lo que se proyecta, lo que se es, como una breve escalera con pocos peldaños y poca altura. Con el paso de los años la moderación adquiere presencia estratégica, sin por eso atenuar la polarización. Al menos en esta presidencial, según la tendencia de las distintas encuestas, los extremos parecen triunfar. No obstante, en ambos bandos, el relato tiende con más o menos naturalidad hacia el centro, como una forma de ratificar las lecciones del pasado reciente, sobre todo a partir de los resultados de los dos procesos constitucionales. Tanto es así que incluso se puede cambiar el programa de gobierno si es necesario, acusando que se trató de un error, como pasó esta semana con la candidatura de Jeannette Jara. La pérdida de identidad se acepta como un precio justo a pagar: Dejar de ser para existir. Basta mirar a la Democracia Cristiana.

Un aspecto triste y parcialmente descuidado de la idea detrás del “Chile despertó” también tenía que ver con el velador de cada quien: la ambición individual de pertenecer a algo, de sentir el calor de ser querido, escuchado, integrado. Lo colectivo al servicio de lo más individual. Una reacción ante la sensación de abandono, el laberinto de la soledad. Como dice el viejo proverbio, tan citado como olvidado: quien no siente el calor del hogar en su infancia, de adulto hará arder la aldea. La crisis de la familia fue relativizada, al igual que la crisis moral, mientras, se defendía la violencia bajo la majadera idea de los verdaderos opresores y oprimidos: la dignidad sistemáticamente vulnerada por más de 30 años, y otras asociaciones de justificación imposible. Esto fue lo peor de esos años. Hacer del éxito parcial la razón del fracaso total.

Puerto Varas no estuvo ni está ajena a estas turbulencias. Vivió la tensión entre lo que se dice, lo que se hace, lo que se deja de hacer y lo que se calla. No parecen tan lejanas las tardes en la plaza central, con manifestaciones repartiendo papeles con lo que entonces se llamaba “información” sobre el apruebo y el rechazo. Las banderas flameando en ambos bandos recuerdan el esfuerzo físico de los brazos por moverlas cada vez que pasaban los autos. Los silbatos, los gritos, las acusaciones, la verdad y la mentira jugando a las sillas musicales.

Hoy, en Puerto Varas la crispación reciente parece haber encontrado un punto de convergencia. Los proyectos, la calidad de la ejecución y la realidad de las obras, con sus aciertos y sus errores, resulta más convincente que un relato cargado de pluralidad y buenas intenciones. La comuna es más grande que antes, vive más gente, y la toma de decisión sobre cómo se adapta a esta realidad marca el debate de los días que pasan. Aplicación del nuevo plano regulador, mejoramiento y ampliación de servicios, entre otros. Los aprendizajes de lo vivido han contribuido para posicionar un sentido de pertenencia y debate que va más allá de transformar o recuperar Puerto Varas, falso dilema de la última elección municipal, para lograr que el punto de encuentro entre ambas sentencias logre unificar a la comuna, más allá de sus legítimas diferencias.

La necesidad de certezas en Puerto Varas contrasta con el aliento del año electoral. Tanto quienes apoyan las distintas candidaturas presidenciales, como quienes se declaran candidatos en la elección parlamentaria, por lo general hacen lo que critican, frivolizando con tal de ser populares, polemistas, agitadores, o bien, corriendo a comer cazuelas ante la cámara de un teléfono, para luego subir videos en Instagram con sabor a pueblo. Volver a caer o salir de estas prácticas será parte del desafío comunal. Una verdadera prueba de aprendizaje para el relato local y su oportunidad, tantas veces perdida, de ofrecer algo diferente.

 

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