Libros de la Vida: “El año en que hablamos con el mar” de Andrés Montero
Por Juan Carlos Gallardo
¿Cómo se las arregla Andrés Montero para contar una historia grandiosa desde un lugar donde aparentemente no pasa nada y todo es rutina?
Pues con arte, creatividad y mucha inteligencia.
Nos vamos en tiempos de la pandemia a una isla anónima y ninguneada. En ella encontramos a pescadores y campesinos que viven del mar y de la tierra. Todos se conocen y las pocas novedades locales se las cuentan en la única taberna que está en el vientre de un barco varado en la playa, traído por el último tsunami.
La historia se inicia cuando llega el único pasajero en una avioneta desde el continente y que, pronto sabremos que es el hermano mellizo de don Julián, antiguo vecino de la isla. El detalle, y que prende la narración es que don Jerónimo, que así se llama el afuerino, volvía después de 50 años. Y no se podrá ir tan pronto de regreso porque llega la pandemia que le impide viajar.
Y sabremos que Jerónimo se fue porque quería comerse al mundo. Y Julián decidió no salir nunca de la isla que lo vio nacer. Y que hay entre ellos un abismo insondable.
¿Y quién narra los acontecimientos? En lo que es un gran acierto, el narrador principal es todo el pueblo. Toda la comunidad isleña. Por eso dicen: “Los que estamos aquí en el mirador de La Punta, somos ocho. El resto estamos abajo todavía…”
Y así nos vamos enterando de un pacto con el diablo, de la hundida campana de oro de los españoles, que anuncia las novedades en la isla, pero nadie sabe dónde está. Sabremos de un cementerio sin difuntos, pero que es un enclave de la memoria. De alguna alfombra mágica que transporta a los recuerdos. De una casa abandonada, donde se han tejido amores sublimes y tragedias que traspasan generaciones.
Y cuando puede pensarse que la narración llega a una meseta que la puede hacer anodina, surgen las reflexiones y la filosofía para explicar vida y muerte, todas suavecitas pero profundas. O las historias y anécdotas de calce perfecto. Como aquella sobre las claves para que una fiesta sea de aquellas que no se olvidan. La guardo entusiasmado, y tomo nota de las pequeñas trampas y las etapas para que resulte perfecta e inolvidable.
Valoro mucho esta forma de narrar y desde donde el autor se sitúa en sus historias. De recrear aquellos mundos que empiezan donde el cemento termina. De lograr conmover en los momentos que la narración lo amerita. Cuando hace participe al lector de la hora profunda, en torno a las brasas de la fogata donde salen las verdades escondidas que solo allí se pueden decir.
Andrés Montero con su forma de contar aquellos momentos, nos hacen activar esas fibras que salen del corazón directo a los ojos. Las fibras lacrimales, que la ciencia no ha podido descubrir, pero que existen y las sentimos en lecturas como esta.
Una lectura que nos recuerda la esencia de lo que somos, que nos refresca como agua de manantial cordillerano en estas tardes veraniegas.
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