Laura, la Maestra de los Libros

Por Juan Carlos Gallardo


Como cualquiera que ya tiene unos buenos abriles en el alma, suelo navegar en viaje hacia la infancia, la que siempre es un reservorio de emociones guardadas. Aquella que es la patria original. Allí aparece, nítida como si fuera ayer, Laura Alcayaga, profesora normalista de profesión, maestra de vocación. Mi maestra de la escuelita básica rural, donde además, era directora. Por décadas entregó su corazón a los niños y a la enseñanza, pero además proyectaba su compromiso con la comunidad hacia la que irradiaba su liderazgo de mujer justa.

Orgullosa sobrina nieta de Lucila Godoy Alcayaga, conocida como Gabriela Mistral, nuestra Premio Nobel, aquella poetisa adelantada a su época. Tal vez por eso, la maestra Laura también tenía una afición enorme por las letras escritas. Poseía una respetable biblioteca, la única en 30 kilómetros de campos e islas a la redonda, un faro que desde Huelmo proyectaba su luz. En esos tiempos, no había aún muchos libros en la escuela. Pero ella en compensación, abrió  las puertas de su hogar para todos los que quisieran entrar y curiosear entre las paredes llenas de textos y revistas.

Así, como uno más de sus alumnos, crucé tímidamente  la puerta de ese templo y por primera vez toqué con dedos vacilantes, los lomos de los libros que la maestra Laura guardaba con amor. Se hicieron frecuentes mis viajes de infancia en fines de semana a lomos de la yegua Plumilla, porque su casa quedaba lejos de la mía, para entregar religiosamente los libros en préstamo y recoger con unción los nuevos que acompañarían mis noches a la luz de la vela. Así pude disfrutar los Mampato, los Cabrito, los libros de Coloane, de Salgari, de London, encandilarme con Robinson Crusoe y hasta el Quijote se me atravesó en versión resumida.

Por todo ello, y como estamos en los días en que celebramos con justicia a nuestros profesores, una vez más te recuerdo, maestra Laura, por tus enseñanzas  desde nuestra salita de clases sobre la comprensión del mundo y los misterios de la ciencia y de los números. Y porque en el infinito de tus libros, descubrí las joyas preciosas que se hacen con el oro de las palabras.

Gracias a ti tuve mi propia biblioteca de Alejandría. Enorme, mágica, esplendorosa. Y estaba en el corazón de tu hogar.

 

 

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