Opinión

OPINIÓN: Que Pasa Puerto Varas, por Pablo Ortúzar A.

El Heraldo Austral

Para muchos de nosotros, llegados hace algunas décadas, Puerto Varas constituye hoy día – incluso después de cuatro años de destrucción urbana que han convertido su centro en una trinchera- un sueño hecho realidad.

No sólo por haberse convertido en un ejemplar núcleo articulador del Destino Turístico Lagos y Volcanes del Sur de Chile, sino que especialmente y en forma complementaria, por constituirse en objeto - históricamente inédito - de una migración espontánea de familias jóvenes buscando desarrollar su vida reconectados a la naturaleza y en una escala humana y sustentable que el extremo apuro del materialismo ciego y agobiante de las grandes ciudades del país nos les permite más.

Ha sido el respeto a la escala y a los patrimonios naturales y culturales de la Cuenca del Lago Llanquihue, un lugar único y pletórico de relatos y tradiciones, el eje estructurante del éxito alcanzado por este Destino hoy reconocido a nivel mundial en los ámbitos del Turismo Aventura y de Intereses Especiales. Ellos nos enorgullecen hoy con la Gran Regata Lago Llanquihue. Y ha sido esa misma forma de habitar el territorio, en baja densidad y espacialmente disperso, lo que ha permitido hasta hace poco a Puerto Varas, Llanquihue, Frutillar y Puerto Octay, destacar por una sistemática mejora en la calidad de vida urbana de sus habitantes al mismo tiempo de crecer en población, cantidad y calidad de servicios. Un contraste notable con la histórica destrucción que suele acarrear el crecimiento desmedido e inorgánico de las ciudades en Chile.

Naturalmente, este círculo virtuoso de respeto patrimonial, sustentabilidad, cultura y convivencia trasparente y dialogante no ha sido comprendido por algunos, lo que ha facilitado la depredación por parte de empresarios inescrupulosos y de un variopinto conjunto de políticos oportunistas, unidos tras el despojo y el engaño sistemático de la Comuna y de la Región, para la cosecha efímera de un beneficio ilegitimo del más corto plazo.

Silenciosos testigos de este lado triste de nuestra historia comunal reciente son la sombra brutal de una pizarra grotesca y blanca que oscurece para siempre la luz y el paisaje al oriente de nuestra Plaza de Armas. Y la desaparición de la Plaza de Bomberos de Puerto Varas. Y la enmienda Municipal que permitió que un Mall destruyera irreversiblemente el Conjunto Urbano de La Gran Iglesia, su Gruta y su Plaza. O el Vertedero Provincial, depositado por nuestro propio Municipio en la puerta poniente de la ciudad y sobre la cuenca del Río Maullín. Así también el “convenio” que permitió – no obstante su posterior rescate- la destrucción para siempre de la trasparencia del Borde Costero al norte de la Bahía con el desafortunado “Club de Yates” y que quiso replicarse recientemente con el pseudo proyecto “Borde Lago”. Y el colapso sanitario y el de las vías públicas, como consecuencia del estímulo encubierto y soterrado al “desarrollo inmobiliario”, aquel que disfraza el hacinamiento de sus enormes bloques disruptivos y su codicia especulativa con pilastras imitación madera y nombres locales. Y también entre otros, la burda impostura municipal de propaganda luminosa en el centro de la ciudad, no obstante trasgredir explícitamente su propia Ordenanza.

La lista de los daños ya realizados a la Comuna es larga y su materialización ha ocurrido no obstante los heroicos esfuerzos de la ciudadanía y de notables funcionarios y concejales de verdadera vocación pública, en ésta y anteriores administraciones. Pero sería aún más larga sin la existencia de dicha gestión desinteresada presionando a la autoridad municipal de Puerto Varas y a sus cómplices privados y públicos a desistirse de imponer otros nuevos.

Por eso la ciudadanía debe conocer del burdo montaje que forzó la aprobación ciega por mayoría del Consejo en Octubre, de un Proyecto de Plan Regulador alterado sigilosamente en su última etapa por el Municipio en beneficio del despojo y que obligó al Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU) a rechazarlo, extendiendo nuestra vulnerabilidad urbana. También debe la ciudadanía conocer el rol protagónico de nuestra autoridad edilicia en la puesta en marcha y administración del Vertedero Provincial La Laja, esa Bomba Sanitaria ubicada a sólo 6 km de la ciudad, multada recientemente por el Tribunal Ambiental de Valdivia y que busca recibir los deshechos ya no solo de la Provincia de Llanquihue, sino también de la Comuna de Ancud, con el único objeto de resarcir el retorno económico de corto plazo de su dudosa administración. Y finalmente debemos los ciudadanos de Puerto Varas conocer del intento edilicio de imponer a la ciudad el negocio efímero de Estacionamientos Subterráneos en su Centro Cívico, condenándolo al colapso vial y a la trinchera abierta por varios años más, amenazando definitivamente de muerte su comercio y la precaria situación sanitaria de las antiguas redes hídricas que su subsuelo saturado ha dejado en evidencia con la contaminación de la Bahía.

Estos nuevos intentos de parte del Municipio no obedecen a los intereses de la ciudadanía y son evidentes hoy, no obstante los ingeniosos esfuerzos mediáticos de su administración por aparecer como defensores del Plan Regulador, del cuidado de la ciudad, de la protección del Comercio Vecinal, del control ambiental de la bahía y de la participación democrática. En consecuencia resulta urgente que la trasparencia y la gestión ciudadana continúen poniendo cota a la tiranía abusiva que parece cernirse sobre la administración comunal, especialmente si el Concejo Municipal es capturado por el Alcalde y si ella muestra basarse en intereses ajenos a los de la comuna.

 

Pablo Ortúzar Aldunate